jueves, 16 de octubre de 2008

Konstancin - Warszawa

Fin de semana intenso, choque cultural a la vuelta. Pero, como siempre, será mejor empezar por el principio.

El viernes partimos hacia Varsovia para asistir al curso de formación a la salida en Konstancin, un pueblecillo a las afueras de Varsovia. Salimos de Olsztyn a las siete de la mañana, con el cielo de un azul eléctrico. Vimos a las nubes amanecer cuando el suelo aún estaba mojado y las calles ya llenas de gente. El viaje, para variar, lo pasé durmiendo. Y en un plis, a ritmo de The Sunday Drivers, llegamos a la capital de Polonia, la ciudad siempre gris, con sus edificios tristes y sus chicos guapos.


Esperaba que fuera algo parecido a la formación en Alborache, teniendo que sonreír todo el rato mientras hacíamos estúpidos juegos y cantábamos ridículas canciones en un albergue en el culo del mundo donde la comida era bastante mala. Pero no, en Konstancin nos esperaba un encantador hotelito rodeado de inmensas mansiones semi derruidas y muchos, muchísimos árboles, con las hojas naranjas cayendo al suelo de forma incesante. Las camas eran comodísimas, todo estaba limpio y nuevo y la comida… ¡increíble! Tuvimos la oportunidad de probar la cocina típica polaca, siempre sopa, siempre col, carnes suculentas, pierogi… ¡Delicioso! Eso sí, las horas de comida eran horribles: el almuerzo a las una y la cena a las seis. Pero al final nos acabamos acostumbrando. Y la gente… pues de todo tipo. Veintitrés voluntarios procedentes de Lituania, Rusia, Ucrania, Albania, Austria, Finlandia, Italia, Francia, Alemania y, cómo no, España. Grupo variopinto donde los haya.


El sábado la actividad del día consistió en visitar Varsovia divididos en pequeños grupos. Debíamos elegir algo que nos interesara de la cultura polaca y tratar de recolectar toda la información posible sobre el tema. Elisa, Aline y yo nos decantamos por el Museo Etnológico, acompañadas por Karol, Lea y Marij, Marij, Marij. El museo no dio mucho de sí, estaba en obras y era bastante pequeño, así que no gastamos mucho tiempo en él y nos dirigimos hacia el centro “antiguo” (Stare Miasto) de la ciudad, reconstruido enteramente hace 50 años. En contra de lo que esperaba (todo el mundo dice que Varsovia en terriblemente fea), el centro me pareció encantador, como de cuento, colorido y soleado, muy paseable. Después llegó la fiesta, porque Polonia había ganado a Republica Checa en el partido de aquella noche y había que celebrarlo. Así que nos dieron las tres de la mañana bebiendo cerveza rica en vasos grandes. Hablando y riendo.


A partir de ahí, hubo más días con más actividades entre comida y comida. Debates interesantes sobre los usos y costumbres de Polonia, su historia, la Guerra, la religión… Descubrimos que bromear sobre el Papa polaco se considera un ofensa personal en este país, que beber en la calle esta prohibidísimo y que no es educado rechazar alcohol cuando alguien te ofrece. Pero lo mejor fue el grupo de amigos que creamos a partir de la tercera noche. Siete chalados con diferentes acentos pero con las mismas ganas de fiesta. Entonces todo empezó a ir rápido y dejé de escribir lo que iba pasando. Las noches eran cada vez más largas y las charlas del día siguiente cada vez más duras, combatiendo las resacas con té y riendo sin parar por las tonterías que se pueden llegar a decir cuando el cerebro no va todo lo rápido que tu quisieras. Entre billares y cervezas quedó la promesa de que nos visitaríamos mutuamente durante el año así que creo que voy a viajar mucho durante estos meses. Para empezar, hemos quedado en un mes en Varsovia para reencontrarnos a ritmo de música electrónica en un concierto extraño.


Así fue, hasta que nos marchamos. Los últimos del grupo, a última hora del martes y sin ganas de volver a la vida normal. Me habría quedado en aquél lugar un mes más, alimentándome sólo de risas y sonrisas, miradas de complicidad cuando el idioma no da para más. Y ahora sufro un “choque cultural” y todo parece haber sido un sueño intenso, suave, extraño.

3 comentarios:

Peter Pánico dijo...

Por aquí me tienes de nuevo. Cuando vi las fotos, caminé de nuevo por Varsovia. Algunos lo llaman memoria sensorial, yo simplemente lo llamo felicidad.
El edificio estaliniano: muchos en Moscú, uno en Riga.~
Me alegro de que sigas extendiendo los rejos por el país de las carreteras intratables.
Un abrazo enorme

Álvaro Martínez dijo...

Recuerdo el de Riga, era parecido. Que bueno, tantas experiencias y tanto aprendizaje...

Alicia González dijo...

Pola!!! Te echamos de menos! Desde que te fuiste no hemos quedado Carol, Marta y yo ni una sola vez. Lo hemos intentado pero no ha habido suerte de momento. Tú eres nuestro motor!

Y hablando de Riga, dentro de nada hace DOS AÑOS que estuvimos por esas tierras. Ay...

Un beso grande para todos desde Madrid