viernes, 5 de noviembre de 2010

Distancias del siglo XXI

Llueve. Llueve a cántaros. Hoy es viernes y no trabajo. Tenía algunos papeles que resolver, pero el mal tiempo se me ha aparecido como la excusa perfecta para posponer mi envite con la burocracia polaca. Así que me quedo en casa, observando desde mi ventana cómo la calle se llena de charcos y pensando que mi paraguas de lunares no habría soportado tanto azote del viento.

Es temprano y mi agenda está en blanco, así que preparo un té verde y repaso las cuentas de correo. Me llegan noticias del otro lado del continente y por momentos el corazón se me vuelve de blandiblú. Por todos los que quedaron lejos, a miles de kilómetros. Porque ser apátrida implica ser de todos lados y dejarte el alma en cada esquina. Y con los años el mapa se ha ido complicando, llenándose de puntitos de colores que sigo desde la red y que a veces se vuelven invisibles a mi radar. Cada vez son más y en más lugares. Tenerife, Las Palmas, Madrid, Oviedo, Valencia, Badajoz, Pontevedra, Málaga, Milán, Lille, Ottnang, Chemnitz, Lasko... Es difícil no perderles la pista...

Supongo que todos, cada uno a nuestra manera, hacemos un esfuerzo por no perder el contacto, mantener el hilo que nos une engrasándolo con mayor o menor frecuencia. Aunque a veces nos perdemos los unos a los otros, es inevitable. Que el tiempo pase y las personas cambien, que ya nada sea lo mismo cuando queremos volver atrás, que ahora ya es pasado... todo eso es inherente a la vida. Es un poco triste, pero no demasiado. Es también lo que hace de la vida un vaivén mágico, valioso por no ser eterno ni estático. El ritmo, lo fugaz, las cenizas en la hoguera, lo que estaba y se fue, lo que soñamos y nunca fue, los que se fueron, los que se quedaron y se perdieron, los reencuentros. El humo. Los recuerdos.

No es consciente mi memoria de lo agradecida que le estoy, por permanecer conmigo y trasladarme, en viernes de lluvia como hoy, a los ayeres que nos hicieron reír. A los platos llenos de ositos de chocolate, las terrazas donde cantamos, las miradas furtivas y todos los primeros besos. Las noches difuminadas, los tropiezos, los Mordor y el humo verde. Las palabras naranjas, los leotardos rosas, las trastadas con los patines y el palo de la escoba. Porque qué es del instante si no puede dilatarse después en la melancolía de alguien, repetirse hasta la saciedad, transformarse hasta reconvertirse. Y que sería de mí sin todos esos puntitos que, desde la lejanía, pueblan mis recuerdos y aún mis sueños. Sueños de un mañana en que volvamos a vernos y atrapemos el instante, creando, sin saberlo, nuevos recuerdos. Y así, una vez y otra. Hasta que la memoria se nos agote con el tiempo.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Me he puesto triste y a la vez contenta. Triste porque leyéndote recuerdo todo lo que te echo de menos y porque tus palabras denotan que vamos aceptando que el pasado nunca vuelve. Contenta porque estás dispuesta a seguir recordándonos y a esperar a que, algún día, en otro lugar o en otro momento, siendo igual que antes o distintos, la vida nos vuelva a juntar. Yo siempre te espero.
Carol

Elena dijo...

Tienes razón, a veces es inevitable que nos vayamos perdiendo, que se vayan quedando por el camino algunas personas. Sin un por qué, sin que haya pasado nada, simplemente porque fue pasando el tiempo y un día, de repente, sin quererlo, sin haberte casi ni dado cuenta, esas personas ya no formaban parte de tu vida. Por los ires y venires de la vida en sí misma. Pienso en esto muy a menudo, la verdad. Y me pone bastante triste.

Porque es muy difícil, aun intentándolo, mantener siempre cerca (y no sólo físicamente) a todas esas personas.

Pero hay un punto en el que eso tiene su encanto. Y es cuando llega ese momento en el que algo (una foto, una carta, un perfume o mil etcéteras) te recuerda a alguien, y te devuelve a algún momento feliz con esa persona. Y deja de importarte si hace mucho tiempo que no sabéis nada del otro, si ahora habrá tanto que contar que al final no se contará casi nada, si ha dejado de venir a cuento esa llamada... Y la haces.

La vida está llena de pérdidas inevitables, pero también de reencuentros posibles.

Y después de esta chapa, decirte que me ha gustado mucho =) Un beso!

Peter Pánico dijo...

La memoria, siempre tan traicionera, tan sucia, tan necesaria. Me alegra ver el punto, convertido en un puntito. Porque si de verdad somos puntitos eso quiere decir que también nos minimizamos como átomos. Y los átomos, son difíciles de destruir.

Un beso enorme. Nos vemos en el punto atlántico a la vuelta de la esquina.

Anónimo dijo...

Acabo de sentirte tan cerca...contigo la distancia siempre ha perdido importancia.
Un beso mi Pau

Leti

Fernando Luengo dijo...

o hasta que la memoria nos separe... Estar tejiendo como Penélope sólo nos evita la referencia del pasado, nos parece que congelamos el tiempo mientras que este sigue el ritmo que la rueca de Láquesis marca. Toma un recuerdo, sobre el que puedas tener expectativas, pero esas se levantan sobre unos datos "ciertos"(que lo son sólo para tu percepción, cacao si sumas la influencia que sobre ellos ejerces como observadora), a los que no se les puede añadir ninguna otra certidumbre. Ahí es donde falla la memoria y lo que la hace maravillosa.
La memoria nos impide reconocer que existe un flujo que da la naturaleza de lo contingente. Y, en cuanto a lo lo necesario, eso sólo Dios, si de verdad es necesario, lo sabe.

David dijo...

Pero què rebè que escrius, filla meva.
Em trobo amb tú, en la distançia, en el temps, en el avui i el demá; i per supost, en el ahir. Digam sempre?

ninamandarina dijo...

Realmente me llega todo lo que escribes. Creo que este tipo de distancias son uno de los regalos de este siglo: poder sentir cerca a quienes han andado con nosotros un tiempo por el mismo camino para después retomar su rumbo. Me encanta poder leerte y que no seas sólo un recuerdo. Os tengo muy presentes y espero que por mucho tiempo alguna de nosotras dé el puñetazo sobre la mesa cuando cesen las noticias (aunque tú serás siempre la principal sostenedora por el mango de sartenes varias)
Un beso enorme.

Marina

Anónimo dijo...

Hay veces que las distancias las pone uno mismo, aunque sí que es inevitable, como tú bien dices, perdernos los unos a los otros.
Me ha dado un poco de nostalgia leerte, lo plasmas todo tan natural que es inevitable meterme de lleno en lo que cuentas como si fuese yo misma quien lo está viviendo.
Enhorabuena, ¡lo haces genial!

Ainhoa

Paula Garcia Ascanio dijo...

Gracias a todos por seguirme los pasos desde algun punto perdido del planeta. Me encanta que os guste!! Un abrazo enorme y especial para cada uno.

chandri dijo...

Hacía mucho que no sabía de ti y hoy te he vuelto a encontrar. Aquí entre estas letras cargadas de nostalgia que tantos recuerdos me han vuelto a regalar, he cerrado los ojos para volver al pasado, tan sólo un instante.

Has conseguido robarme un ratito la respiración y llamar a que las lágrimas (sí, supongo que estoy un poco tocada ya jajaja) amenazaran con salir. Ahora ya se donde tengo que volver para saber de ti.

Muchos besos desde tierras alicantinas y cuidate mucho.

Sandra

Anónimo dijo...

Si, nos vamos esparciendo por el mundo. Ya sólo nos salvarán "quedadas" y reuniones, pero lo que se disfruta en ellas.

Por cierto, soy Ferte. Está navidad te quedas en Polonia??

mariona dijo...

plas, plas, plas!