lunes, 9 de febrero de 2009

Naranja y chocolate

Hoy hago un paréntesis en la polonización para acompañar durante un rato a quien me espera en el sofá... Va por ti, porque no es tiempo de estar sola.

Los febreros, los domingos, las canciones de Sabina… La vida está llena de lugares comunes que, en función del viento que sople, nos traen el sabor de la naranja amarga o el toque dulce del chocolate. A veces, también, el néctar de aquél cítrico puede ser dulce y la planta del cacao amarga.

Blanco y negro, frío y calor, ruido y silencio. La vida está llena de lugares comunes que nos enfrentan con nosotros mismos en una lucha de opuestos llena de grises donde nadie gana. Porque la naranja y el chocolate hacen buena pareja; más si es domingo, febrero, y la rota garganta del poeta urbano canta.

Porque no hay blancos ni negros. Ambos son una ilusión óptica mediada por la luz y la recepción de nuestros globos oculares.

¿Depende todo lo que vivimos de la interpretación que más tarde o más temprano hacemos de lo ocurrido? ¿Pueden ser los recuerdos, matizados por el inevitable polvillo que produce el roce del tiempo, más reales que lo que sucedió? ¿Es todo intento de mirada al pasado un proceso de autoengaño o, por el contrario, la automática corrección y adaptación de nuestro ayer es la magia que da sentido a la vida? ¿Es la lectura melodramática de nuestro presente un capricho propio de pseudo intelectuales aburguesados o el resultado de una honesta mirada al interior de nosotros mismos, donde nunca nada es perfecto porque, al fin y al cabo, la vida está llena de grises?

Después de todo “un piso en Atocha no está tan cerca del cielo” y a veces es necesario alcanzar los sueños para caer en la cuenta de que no eran ni tan importantes ni tan perfectos ni tan sueños.

Entonces, a veces, la sentencia melodramática vacía de sentido todo lo que nos acontece. Cuando estamos demasiado ocupados en otras cosas la corriente se nos lleva y, en un pestañear, despertamos un año después al otro lado del continente. A veces pasa, que nos despersonalizamos, o que nos olvidamos de escribir la crónica a su debido tiempo, y mientras dormimos el viento sigue soplando, el mundo sigue girando. Y cuando despiertas y te ves tan rodeado de medias tintas sin bálsamo ni veneno, es cuando tus recuerdos vuelven para salvarte. Susurran, a través de imágenes maquilladas, que hubo días en los que todo te ilusionaba. Ayeres donde te enamoraste como nunca antes, terrazas desde las que cantasteis a voz en grito sin pensar en los vecinos, mañanas soleadas en las que no te importó el desorden. Sí, hubo un tiempo en que la vida era vida sólo por las personas que te rodeaban. Y, claro, hoy es distinto. Porque, aunque nos hayamos dormido, el mundo no ha parado de girar.

Pero así funciona este juego, un tira y afloja, un eterno balancearse entre el ayer y el hoy. ¿Quién te dice que en el futuro no recordaras este presente con la misma vibración? Sigamos adelante, aunque sólo sea porque los recuerdos remotos sean hermosos. Y porque la vida, se mire por donde se mire, es un milagro (pagano).

viernes, 6 de febrero de 2009

"Proszę pani, proszę pani"

Al principio de esta aventura, alguien que me conoce mucho se preocupó por la excesiva frecuencia con la que escribía en este blog. No le pareció buena señal que tuviera tanto tiempo libre. Efectivamente, cuando en Polonia aún no nevaba y se podía salir de casa sin el tri-pack “guantes, bufanda, gorro”, mi vida aquí era de todo menos ajetreada (aunque he de decir que también disfruté de aquellos meses de tranquilidad, reposando las ideas que no tenían sitio en el Madrid inquieto).

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Un día como hoy, cuatro meses y algunos días después, no puedo decir lo mismo. Me resulta difícil encontrar tiempo para llevar a cabo todos los proyectos que tengo en mente y la poca energía que queda después del trabajo la gastamos en socializarnos (y no es moco de pavo, cuando hablamos de relacionarnos con esa masa informe que habla tan raro…) Porque sí, en esta ciudad al este del este no hay sitio para la rutina, ni siquiera cuatro meses y algunos días después: la barrera del idioma aliña cada instante. Y a veces se pasan con el vinagre… Yo, por mi parte, creo haber tirado la toalla. Este idioma no es viable. ¡Ni siquiera los nativos lo hablan correctamente! Así es que le doy credibilidad cero a la esperanza de poder mantener una conversación normal antes del verano y me acomodo en la postura de “la foránea que no entiende”

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Aún así sigo estudiando polaco, aunque sólo sea por avanzar en la comunicación verbal con los chiquillos que pueblan mis tardes en la biblioteca. (niños, esa especie tan envidiable, tan cargada de energía y misterios, de sorpresas… creo que será la primera cosa que añore cuando el año llegue a su fin). Y es que si algo tienen en común estos niños es que no les cabe en la cabeza que no entiendas su idioma. ¡Les da igual! Te seguirán hablando sin importarles los factores externos que puedan turbar tu entendimiento, como una boca llena de galletas, un resfriado, un contacto visual indirecto, i tak dalej, i tak dalej… Así que nosotras ponemos cara de bobas sonrientes y nos dejamos guiar por sus gestos, teniendo en cuenta que hay que estar atenta a cada “Proszę pani, proszę pani”. Eso significa que quieren algo de ti (y que todavía te respetan a pesar de tu condición de alien, ya que “Pani” significa “señora”)

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En esta tesitura andamos gastando el “working time” esta última semana. Son vacaciones de invierno en el colegio y Abecadlo está repleto de niños a todas horas. Y ¿quién mejor para entretenerles que las voluntarias con sus costumbres raras? Así es que, de las fechas señaladas que condecoran el mes de febrero hemos desechado San Valentín y nos hemos animado con los Carnavales (lo cual ha resultado al tiempo la excusa perfecta para eliminar de una vez cualquier rastro de Navidad, que ¡hay que ver como le cuesta a esta gente deshacerse de las lucecitas, estrellas y arbolitos de diciembre!). La biblioteca se adorna cada día con más y más cadenetas de colores. Todo tiene que estar listo para la fiesta de disfraces del jueves que viene; para la que, por cierto, tengo que fabricarme un disfraz de mariquita y cocinar torrijas (si en algo está cambiándome esta experiencia –a parte de abligarme a amar la col y el pepino- es en mis habilidades como ama de casa).

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Y entre tanto “recorta y colorea”, no sé cómo, hemos sacado también tiempo para empezar con la elaboración de un periódico multilingüe: “Pięć księżyców” tiene ya cinco redactores, una fotógrafa y un diseño aún en el aire. En marzo parimos, si todo cuadra y mis dotes de mandataria se revelan efectivas. El siguiente post, para las buenas nuevas. Saludos desde el país que me ha enseñado a distinguir cinco tipos de nieve.

domingo, 11 de enero de 2009

De la selva y el paraíso

Y así llegó la Navidad, el tiempo de volver a casa cargada con bombones y regalos...

Madrid, tan frenética y olvidadiza como siempre, se mostró más que nunca como una selva donde sólo sobreviven los más rápidos, los más fuertes. Lo más malos. No fue precisamente grato conocer el paradero profesional de aquellos que se licenciaron al tiempo que yo. Entonces me dije: "¡Ay Paula tú no estás hecha para dar codazos y pisar cabezas! Y... ¿te llega la motivación para trabajar por 300 euros durante dos o tres años? Sí, tienes que encontrar otra salida” Con esta certeza volé hasta el paraíso. Quince grados centígrados en uno de los inviernos más fríos que se recuerdan en Canarias. Y ¿qué me ha dado a mí por huir de esta maravilla de lugar donde el sol siempre brilla? Who knows? Nobody knows…

Jamón, café de verdad, tardes de polvorón y mandarina sin quitarme las zapatillas, noches de cenas y reencuentros, arreglar el mundo en torno a una Dorada y sentir una vez más como, al final, sólo permanecen los que de verdad merecen la pena. Así que gracias, Letópila, porque si tú estás yo me siento en casa y todo es como siempre. Y gracias también al torbellino familiar que se despide de mí tocando trompetas desde los balcones de la ciudad. Porque, aunque no se note, llega un momento en que los peques crecemos y empezamos a apreciar cuán afortunados somos por tener una familia que se coma tu roscón de reyes por muy duro que haya salido (aviso que ya encontré el problema, el próximo año vuelvo al ataque, y así hasta que el roscón salga bueno).

Con tan agradable estancia a las faldas del volcán reconozco que cuando llegó el momento de volver estuve a punto de claudicar. Pero no, porque “vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar”. Así fue como, contra todo pronóstico, aterricé de nuevo en Varsovia, sin retrasos y con mi maleta. Desde el avión ya se veían las montañas de nieve, los árboles inertes, las casas cubiertas, los lagos helados… Y sí, en tierra el termómetro rozaba los siete grados bajo cero, la nieve estaba sucia y mi maleta parecía pesar 20 kilos más que en Canarias. Pero pasamos el rato, yo dejándome guiar a lugares donde beber algo caliente y la sonrisa inquieta que tenía por acompañante traduciéndome toda la información útil que encontrábamos al paso (porque por puesto, mi escaso dominio del polaco estaba, de nuevo, missing). Y, cuál fue mi sorpresa al notar que, pasado el solsticio de invierno, no se hace de noche hasta las cuatro de la tarde. “Ya estamos más cerca del sol”, me dije…

Y hoy, domingo once de enero (ese mes que llega tan eclipsado por festejos que nadie lo nota), he descubierto el restaurante perfecto para comer pierogi z miesem cuando afuera hace frío. Y me basta para justificar mi gélida estancia en este país lejano donde el sarcasmo se ha despedido de mí.

Así pasa la vida en Polonia, igual que pasaba antes de que nos comiéramos las uvas, sin propósitos, con proyectos. Al ritmo de melodías celtas con sabor a menta. Y a veces parece no haber sitio en esta habitación para todos los fantasmas que me habitan. Un saludo a todos ellos, especialmente a los que están lejos, lejos. A los que recorren el mundo acompañados por la humanidad, a los que fotografían el rostro de la pobreza, a los que luchan en la selva, a los que luchan con ellos mismos sin necesidad de moverse de la biblioteca. Y a los que salieron hoy a la calle para frenar a golpe de paz el genocidio en Gaza.

martes, 9 de diciembre de 2008

Del paso de los dias

Cuando la novedad se transforma en normalidad y los dias se llenan de actividad, a veces, se me acaban las palabras. Pero aqui estoy de nuevo, porque siempre hay jugo por exprimir en los citricos de mi existencia.
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Olsztyn esta reduciendo su tamaño, como antes lo hizo Madrid. Es la señal de que ya me siento aqui como en casa (aunque con la ciudad de los neones necesite años y aqui me ha bastado con un par de meses). Me conocen en el supermercado, los niños me saludan por la calle y ya puedo reducir esta ciudad de 170,000 habitantes a unas cuantas calles empedradas, las que recorro todos los dias viendo casi las mismas caras.
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Por fin estoy ocupada en mi trabajo y he dejado de sentir que las vacaciones se habian alargado tres meses de mas. De hecho, me urge comprar una agenda (y no la necesitaba desde que tenia 16 años). Una de mis labores en la organizacion es dar clases de español. Los lunes con un grupo reducido de niños y los martes con al menos 15 mujeres ansiosas por añadir el español a la lista de idiomas que dominan (es increible cuan interesados estan en este pais por aprender idiomas que se hablan en lugares remotos para ellos).
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Con los niños no puedo hablar ingles y el polaco aun se me resiste (ciertamente, no hay nada facil en este idioma de locos que ni los nativos saben hablar con precision), asi que pasamos una hora haciendo pantomimas y sonidos que nos ayuden a expresarnos. Aprendo mucho de ellos y su asimilación del espanol es impresionantemente veloz. A veces, cuando estoy con ellos, desearia volver a la infancia sólo por recuperar esa capacidad para absorber todo lo nuevo. El unico pero es que no contamos con muchos recursos pedagógicos, asi que me ha tocado cantar ya en un par de ocasiones. Adios sentido del ridiculo, ahora soy capaz de cantar "Un elefante se balanceaba..." delante de cinco niños polacos sin ponerme ni un poquito roja (mas de uno deberia estar orgulloso de mi).
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Con los adultos es mas facil ahora que he coincidido con una profesora amante de la lengua española que ha puesto a mi disposicion una cantidad ingente de manuales y material audiovisual. El unico inconveniente es que, primero, yo no he estudiado filologia hispanica y, segundo, tengo que explicarlo todo en ingles. Asi que ya podeis imaginar los sudores cuando me toco explicar la diferencia entre los articulos definidos e indefinidos (en polaco no tienen nada parecido, se rigen por declinaciones). Hoy hablare sobre la diferencia entre ser y estar... Ya es contare.
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A parte de las clases en la Biblioteca, voy dos veces al mes a uno de los once institutos de Olsztyn a poner un poco de acento a las clases de español de Gina. Alli trabajo con adolescentes en plena explosion de hormonas. Pero se portan bastante bien y a mi me encanta escucharles (aunque creo que todavia les doy un poco de miedo...) Y una curiosidad, en el centro existe una planta llena de pequeños cuartos donde los alumnos cuelgan sus abrigos. ¡Una planta entera solo para la ropa de abrigo! Increible...
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Ademas de las clases y el taller de manualidades de los miercoles del que ya he hablado, siempre surgen actividades paralelas. Ahora, como no podia ser de otra forma, estamos inmersas en una vorágine de presentaciones sobre la Navidad en nuestros paises. Y, ¿que puedo contar yo sobre la Navidad en España? Pues que comemos uvas en fin de ano y que a nosotros los regalos nos los traen los Reyes Magos. Como para los niños era complicado de entender eso de que en mi pais no existe Mikołajki (Papa Noel), ni corta ni perezosa decidi montar un belen viviente, disfrazar a mis companeras de rey mago y contar la historia como se merece. Y les encanta. Aunque, como siempre, les divierten mas los camellos que los reyes (hemos construidos tres dromedarios de carton gigantes con cara de haber fumado algo raro).
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Y eso es lo que se mueve por estos lares, donde hace dos semanas que no sale el sol, el frio se aguanta buenamente y la nieve aun se resiste a caer (tan solo ha habido una semana en la que toda la ciudad se pinto de blanco). El vodka empieza a ser menos misterioso para mi y el bar de de debajo de mi casa es ya una extension de nuestro piso. Aun asi, aun no me acostumbro a este habito que tienen los polacos de dormirse en los bares... Pero me hallo, estoy feliz. Eso si, que no me quiten las dos semanitas de aires calientes que me esperan en Canarias, que mi piel esta pidiendo sol a gritos. Do widzenia znajomi!

jueves, 20 de noviembre de 2008

Travelling around

El ritmo de los acontecimientos se ha acelerado tanto que es difícil incluso encontrar tiempo para relatar lo que se mueve por esta Polska helada. Pero aquí estoy de nuevo. Para que recorráis conmigo los lugares que visito.

Gdansk. Cuatro días, tres noches, una colonia de españoles perdidos en Polonia, tumulto de polacos, inglés con acentos, sangría Señorita, tortilla de papas y unas birras enfriándose en la ventana. Cuando estás lejos de casa cualquier cara amiga se convierte en tu familia, y la que hemos construido aquí está llena de color. Y cada cena, cada mesa redonda en torno a una cerveza, se convierte en un monumento a la interculturalidad informal y sin remilgos. En la ciudad encantada a orillas del Báltico nos encontramos con más voluntarios que están realizando sus proyectos en Varsovia. Nos arrejuntamos como pudimos en casa de Raquel, durmiendo en cada rincón de la casa y estableciendo turnos para la ducha. Convivencia loca que los vecinos sufrieron con gravedad.

El centro de Gdansk es un lugar para pasear y merece la pena detenerse en casi todos los edificios. Así que hicimos de nuestro viaje un ruedo turístico sin museos, desafiando el frío y la noche (que ya cae a las cuatro de la tarde) con té y zapiekankas.

También tuvimos un encuentro espectacular con los cisnes que nadan en estos mares helados y sin atunes. Recogimos en una botella un pedazo de esa playa de Sobot tan hasta arriba de turistas donde los polacos se pegaban patadas por sacarse fotos con un negro que pasaba por allí.

Y visitamos el mercado de la ciudad, una explanada llena de ropa usada y trastos varios donde absolutamente todo es susceptible de ser vendido por uno, dos o cinco zlotys. Allí compramos el ajuar para la fiesta de disfraces que nos esperaba a la noche, donde todos los que acudieron acabaron aprendiendo un puñado de palabras en español. ¡Qué raro suena nuestro idioma cuando lo pronuncian las gargantas desacostumbradas!

Y así volvimos a Olsztyn, en un tren incomodísimo pero muy barato que machacó los raíles durante dos horas y media con nosotros dentro. Aún quedo tiempo para saborear durante el viaje lo intenso y fugaz que vivimos en Gdansk y para prometer más visitas mutuas en la casa de cada cual donde siempre es un gusto compartir las colchonetas y cocinar para trece personas.

Apenas tres días después marchamos a Varsovia, donde un concierto de electro era la excusa perfecta para reencontrarnos con algunos de los voluntarios que conocimos en el curso que hicimos hace un mes en Konstancyn. Casi perdemos el autobús, perdidos como estábamos en la estación del PKS de Olsztyn, donde no hablan inglés ni en el punto de información internacional. Pero la suerte nos rozó de nuevo, como siempre pasa cuando vas a la aventura, y encontramos un autobús repleto que nos llevaba hasta el centro de la capital y que salía en… ¡30 segundos! Para dentro pues. A recorrer de nuevo un trozo de país a través de carreteras de asfalto despedazado.

A la llegada, encuentros en la estación, maletas a la consigna y dirección al bar más cercano. Después aquel extraño concierto de música-ruido donde al fin encontré la clase de “modernos” que inundan las calles de Madrid. Polacos al borde del coma etílico moviendo el esqueleto como si les fuera la vida en ello. Y de ahí, cuando el reloj cantaba las cuatro de la mañana, tren camino al bosque donde Vega, voluntaria española, vive y trabaja. Se trata de un centro de educación interna para niños sordos en medio de la nada, a una hora en tren de Varsovia, donde te ves obligado a iluminarte con una linterna durante el camino que lleva a la escuela. Los fines de semana los niños del centro vuelven a sus casas y Vega se queda sola entre los árboles, en aquel edificio tan grande y frío. Está siendo duro para ella, así que estaba contentísima de que estuviéramos allí. Y para nosotros fue genial tener la oportunidad de ocupar nuestras propias habitaciones e incluso cocinar algo a la “mañana” siguiente (entre comillas porque despertamos a las tres de la tarde y estaba atardeciendo entre la lluvia).

La noche del sábado decidimos buscar alojamiento en el centro de la ciudad, pero todos los albergues estaban repletos. Así que Karo llamó a una voluntaria ucraniana que había conocido durante un fin de semana en Cracovia y le pidió un techo para nosotros cinco. Y así es como el EVS va formando su propio couchsurfing, prestando suelos enmoquetados a los que deciden visitar ciudades sin gastar dinero en alojamiento. Yara, que así se llamaba nuestra anfitriona ucraniana, nos ofreció un salón en el que ya habitaban dos gatos enormes, y nos dio cancha libre para salir y entrar a nuestras anchas. Así que marchamos a Praga, uno de los barrios más deprimidos de Varsovia, que no fue destruido durante la II Guerra Mundial y por tanto tampoco fue reconstruido en 1945. Así que la mayoría de los edificios muestran fachadas con la pintura rascada. Es el lugar donde viven los gitanos, la gente con menos recursos, los ancianos sin familia, los drogadictos y algunos jóvenes.

Con esta estampa encontramos un concierto de Mass Kotki, un grupo de electro cómico formado por dos chicas polacas, en un bar cuanto menos pintoresco. Una especie de antigua nave o fábrica llena de sillones desvencijados y mujeres gordas vistiendo vestidos de cuero apretados y amenazando con su látigo. Fue como asistir por unas horas a La Movida madrileña pero en Polonia y en el año 2008. Seguro que Almodóvar encontraría en aquella sala de conciertos suficiente material para ganar otro Oscar.

El último día y de la mano de Marij, que también trabaja como voluntaria en un hospital sitio en un bosque a las afueras de la ciudad, recorrimos el parque donde se encuentra el monumento a Frederic Chopin. Y una librería donde puedes beber café y comer tartas caseras rodeada de niños y libros en lengua extranjera.

Y vuelta a Olsztyn. Esta vez durmiendo, porque el suelo de la ucraniana fue útil, pero bastante incómodo. Una vez aquí, empezaba nuestro primer gran trabajo como voluntarias: una semana europea en la biblioteca Planeta 11 donde debíamos mostrar nuestros respectivos países. Así que nos sumimos en jornadas laborales de diez horas recolectando fotografías e información sobre nuestros paisajes, nuestros artistas, nuestra música... Y por un día un pedacito de Polonia se convirtió en territorio español, con gente jugando a las cartas con nuestra baraja y comiendo tortilla de papas y empanada gallega.

Ahora que la tormenta ha pasado y las cosas vuelven a la normalidad me doy cuenta de que está haciendo mucho, mucho frío. Antes de ayer nevó durante un par de horas y en seguida todos los tejados estaban blancos. Ha llegado el invierno y los centros comerciales ya nos están metiendo la Navidad hasta en la sopa. Es como siempre, pero en Polonia. ¡Y me encanta!

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Going and coming

Fin de semana de locura resumible en lo que sigue:
- 27 horas entre aeropuertos y aviones
- 25 horas en casa-casa, 9 de las cuales durmiendo (en una cama de verdad) y al menos 4 comiendo
- 2 noches en un Madrid que ya no es mío pero que todavía siento como la ciudad que siempre me espera (sin dejar de funcionar)

El viernes salí de Olsztyn a las seis de la mañana. Cogí un autobus directo al aeropuerto, donde había quedado en verme con una dulce sonrisa que no encontré. El avión a Madrid tenía un retraso de dos horas y media (en un aeropuerto sin zonas para fumadores) y perdí la conexión con el vuelo a Tenerife. Así que llamé a ese alguien que siempre tiene sitio para mí (la gente que llegó para quedarse permanece incluso después de que te hayas ido) y nos dispusimos a improvisar un Halloween de paso, entre Bardemcillas, vinos y aceitunas, Aidas, vodkas, Siderales y franceses. Tan buena fue la noche que al día siguiente me quedé dormida y perdí de nuevo el avión. Y allí estaba, en la T4 de Barajas, con la ropa del día anterior, sin ducharme y teniendo que esperar ocho horas hasta el próximo vuelo. Cuando agoté mi agenda y llegué a la conclusión de que todo dios estaba durmiendo o tenía el móvil desconectado, entré en un baño cualquiera, me cambié de ropa, me lavé los dientes, cambié mis zlotys por euros y desayuné un pincho de tortilla.

A las seis de la tarde del sábado aterrizaba al fin en Los Rodeos. Con neblina y aire freso llegué a La Laguna, donde al fin pude ducharme. Entonces comencé a empaparme de familia y paz en un baibén de gratas sorpresas, comida sabrosa, sonrisas, lágrimas y amor. Apenas un día, pero dio tiempo de comer castañas, pasear junto al mar, comer puchero casero y ver llover. Llena de energía, de vuelta a Madrid, donde me esperaban ya las cañas y una curiosa conversación sobre aquello que nos pica a todos. Al amanecer, trenes y metro en plena hora punta cargada con una mochila de 16 kilos. ¡Pero qué gusto ese Madrid egoísta y veloz que te pisa los zapatos sin pedir perdón!

Vuelo con turbulencias y sin altercados. El reloj marcaba las dos de la tarde cuando yo pisaba de nuevo el suelo de Varsovia. Otra vez a cambiar mis euros por zlotys y, ahora sí, encontrar entre un ruidoso tumulto de polacos aquella dulce sonrisa. La ciudad estaba, como siempre, gris y salpicada de lluvia. Los edificios se perdían entre la neblina difuminando los finales cuando al fin encontramos un bar suficientemente oscuro donde tomar cerveza a las tres de la tarde.

A las 10 de la noche del lunes, y apenas cuatro días después de haberme marchado, estaba de nuevo en Olsztyn. Todo había cambiado a pesar de estar en el mismo sitio. Y no podía hacer otra cosa que sentirme feliz y agradecida. Por aquellos que siempre esperan mi vuelta, porque allí donde se encuentren ellos estará mi techo. Por los pequeños de la familia que crecen sin parar mientras el enrededor se transforma y replantea. Por los 25 años de cariño y calor que me sirven de colchón y ejemplo. Por las sonrisas que convierten en soleada una ciudad gris. Y porque seguir hacia delante sigue siendo la más apetitosa de las opciones.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Lluvia de colores

Lluvia chispeante que no empapa pero moja. Larga espera al borde de una calle que parece un río viendo las luces pasar, tintineantes. Al fin el semáforo pasa a verde y puedo disponerme a saltar el gran charco que hay antes de llegar al otro lado. Son las seis de la tarde y hace más de una hora que ha anochecido aquí en Olsztyn. Mis manos, llenas de color, parecen una mala reproducción de un cuadro de Van Gogh tras el taller de máscaras que hemos hecho hoy con los niños. Guardo en el regazo, para que no se mojen, tres ejemplares del periódico Junior en el que una periodista anónima ha decidido plantar nuestras caras con alguna información adicional, en polaco, of course. También llevo conmigo una calabaza fabricada con papel de seda y un táper sucio con los restos de mi comida de hoy: arroz con salchichas.

El horizonte está lleno de planes, viajes, reencuentros fugaces y palabras por decir. La lluvia no mata hoy mis ganas de seguir descubriendo cada rincón de esta ciudad, de este país, de este continente. Pensando en ello un simpático y bonachón señor interrumpe mi ensoñación para pedirme la hora (en polaco, of course), y cuán grande fue mi sorpresa cuando me descubrí entendiéndole. El problema, claro, es que aún no he aprendido a decir la hora, pero bastó con enseñar mi reloj. Así que hoy llego a casa con una sonrisa adicional en el rostro.