jueves, 21 de octubre de 2010

Invierno prematuro

Es 21 de Octubre y está nevando en Olsztyn.

Pensaba dedicar este post a la lluvia de hojas secas de los últimos días, la alfombra de naranjas y marrones que cruje bajo mis pies, pero es inevitable, a veces la realidad te estropea el titular.

El invierno ha llegado a Polonia. El termómetro ronda ya los cero
grados, la lana va sustituyendo poco a poco al algodón en mi armario, y ha empezado a darme miedo salir a la calle (de nuevo).

Viento, todo se tambalea. Aguanieve, humedad, charcos. Las flores se despiden hasta mayo en esta semana de decadencia de lo vivo y lo verde. Desaparece el color, el cielo se tiñe de gris y sólo las bolas de muérdago permanecen en los árboles. Es tiempo de té y piernik, la versión polaca de "mandarinas y polvorones".

Pero, aunque pueda parecerlo, no
hay hueco para la melancolía entre estas líneas. Vale, está claro que el invierno me ha declarado la guerra, pero yo, con mi manual de pacifista en la mano, le respondo riendo a carcajadas

¡Ay de nosotros si dejamos que este tupido cielo se nos caiga encima!


martes, 5 de octubre de 2010

Naturalizándome

Supongo que debería cambiar la forma en que actualizo este blog, porque de alguna manera no lo hago con la frecuencia que quisiera. Hasta ahora mi método ha sido guardar en las cajitas de mi memoria los pedacitos de esta Polonia que me van enamorando, para luego, cuando sean suficientes, escribir algo decente. Pero el caso es que cuando me decido a escribir la mayoría de estas sensaciones se me han olvidado o han perdido la vibración que algún día tuvieron. Así que quizá de aqui en adelante esto se convierta en un blog a modo chat conmigo misma, con frases cortas que condensen cada momento... Veremos. Quizá así aumente la periodicidad.

En cualquier caso, el titulo para este post, "Naturalizándome", lo tenia reservado desde hacia tiempo. ¿Por qué? Porque la naturaleza está ahora más presente en mi vida que nunca (quién lo diría, he pasado de ser un animal de ciudad -cuando no un animal Malasañero- a pasar las mañanas de viernes recogiendo setas en el bosque). Tambien me he despertado a las cuatro de la madrugada para ver el amanecer en el Parque Nacional Biebrza, y me he comprado una botas de agua para caminar por los barrizales y humedales que allí abundan.



Fotos: Kuba Bartoszewicz

Por supuesto, "Naturalizándome" es también un juego de palabras. Me naturalizo cuando me fundo con las costumbres de los que aquí me acogen, cuando dejo de observar las cosas desde el otro lado del crital, cuando me siento menos extranjera que hace un año. Aunque no puedo evitar seguir sintiendo ciertos hábitos como extraños a mi persona (ellos siguen siendo "los otros" y yo sigo siendo la que se poloniza), ahora como a las 5 de la tarde, vuelvo a beber té con una escandalosa frecuencia y me quito los zapatos cuando entro en casa.

Asi que el proceso de integración sigue su curso, pese a que todavía no entiendo por qué conectan un megáfono en los exteriores de las iglesias durante la misa de los domingos para que la voz del cura llegue a todos los que no están dentro del recinto... Es verdad que aquí la gente sigue sin saber cómo reaccionar cuando una les dice que es atea, pero propagar el "mensaje divino" a golpe de altavoz al más puro estilo evangelizador... A veces soy yo la que no sabe cómo reaccionar!

Aunque la cosa va más de encuentros que de desencuentros. Europa cada vez se parece más y Polonia no es una excepción. Pero más allá de las fronteras políticas, supongo que lo que más me acerca a esta gente es el mero hecho de que todos somos gente. Al final nos reimos con las mismas cosas, sufrimos por los mismos motivos...

Los polacos, podría decirse, son más cerrados a la hora de expresar sentimientos (aunque toda generalización es en vano, cada persona es un mundo). Pero también es verdad que las nuevas generaciones saben mucho de cómo expresarse a través de otros canales como la música, el baile o el teatro. Se respira creatividad en esta gente, algo que, al menos yo, echaba en falta en el Madrid de los anónimos (ser indie no es ser creativo). Y tienen curiosidad: por los idiomas, por redescubrir el mundo, viajar, mezclarse con otras culturas... También están muy unidos con su historia. Son patriotas, aunque no en un sentido despectivo. Supongo que simplemente se sienten orgullosos de que su país siga existiendo después de tantos golpes, y de alguna manera se sienten también responsables de conservar ciertas raíces que resistan los nuevos golpes, los de la agresiva globalización capitalista. Esto último, sin embargo, es un rasgo que se encuentra más entre los jovenes que rondan los 30 años, aquellos que nacieron bajo el estado de guerra. Los adolescentes parecen haberse olvidado de todo y abrazan los KFC, H&M y McDonald's como sus "verdaderas" nuevas raíces.

De cualquier manera yo me encuentro en mi salsa (como si fuera difícil...). A cada esquina tropiezo con un nuevo descubrimiento que compartir con vosotros, y eso tambien me gusta :)

viernes, 10 de septiembre de 2010

Polska wita gości!

Viernes. El día amanece gris, húmedo, ventoso. Los árboles que se ven desde la cama están todavía verdes, aunque esta semana de lluvias prematuras está jalonando el otoño a un ritmo trepidante. Los naranjas, marrones y amarillos luchan ya por salir a la luz.

Septiembre suele ser un mes aún cálido en este rincón del mundo, pero alguien debe haber chivado a la naturaleza que a mí me da miedo al inverno, y parece que los elementos me están poniendo a prueba. Aunque hay momentos y momentos. A ratos sale el sol, y ya sabéis que aquí cuando sale el sol la perspectiva cambia. Me dan ganas de tumbarme en la terraza como un lagarto, aunque cargando con la bufanda.

Se reinaugura la aventura polaca y todo es igual de raro que la primera vez, con la diferencia de que el polaco ya no suena a chino, sino a polaco. El caos. Modos de funcionar incomprensibles por poco prácticos. Una estación de autobús donde no se venden billetes, un autobús donde te sirven té, un cuervo hurgando en una papelera en pleno centro de Varsovia. El gris, lo pintoresco por viejo, lo viejo por abandonado... Y yo en medio de toda esta algarabía idiomática y cultural, riendo sola, preguntándome ¿qué se me ha perdido aquí?.

El caso es que disfruto con el hecho de que, por primera vez, los planes estén en el aire. Los amigos por conocer, las historias por escribir, la nieve por caer... Nadie dijo que los principios fueran fáciles, pero qué bien cuando aún queda todo por hacer :)

jueves, 3 de junio de 2010

Huida hacia adelante

Durante los últimos meses en Polonia las emociones fueron tantas y tan rápidas que se me pasó el momento para contarlas. Hoy vuelvo la vista atrás releyendo este diario público de mi exquisita odisea y al tiempo recuerdo todo lo que pasó y no conté. Pero el ejercicio de hoy no es de melancolía; intento más bien ponerme al día, recordar el yo que se forjó aquél largo invierno polaco. Porque algo me decía a mí que ni a este blog ni aquél yo le había llegado el momento de colgar el letrero de "cerrado". Porque vuelvo, o me voy, o continúo con el periplo.

Mereció la pena este año. Aunque Madrid no volvió a ser nunca Madrid, los amigos se perdieron, las calles cambiaron, los rincones de la memoria me traicionaron. Pero mereció la pena, aunque sólo sea por todos los libros que he leído en los últimos nueve meses y por los lúdicos, cómo no, y el transfuguismo que nos unió. El vino, las cenas, la sobreexcitación y la frustración. En aquellos corrillos hemos repasado lo que es ser jóven para nosotras hoy en día. Y hemos descubierto que ser jóven significa estar más preparado que la clase política de tu país y estar en el paro. Extrañas contradicciones del sistema...

Aunque yo insisto en quitarle importancia al asunto, centrarme en la sobreexcitación más que en la frustración, no perder el empuje. Ésa es quizá una de las razones que apoyan mi huída: no quiero que la atmósfera de crisis me imbuya y me destruya. Aunque es un argumento secundario, el hecho de no tener nada a lo que renunciar ayuda al "let it be" que se ha instalado en el ritmo de mis pasos. Un dejarme llevar jalonado por la situación, pero también de alguna manera decidido y reflexionado (me niego a renunciar a que el mango de la sartén esté en mis manos)

El caso es que volver atrás es a veces el más difícil de los pasos, aunque a algunos les cueste entenderlo. De alguna manera desde el momento en el que sales te conviertes ya en una apátrida irreversible, eres de todos lados y de ninguno, y ya no sabes dónde guardar tus cosas y al final te resignas a sumar unas partenencias de no más de 23 kg. Eso, como todo, tiene su lado bueno y su lado malo. Descubrir, aprender, conocer... son procesos que se intensifican cuando convives con un entorno diferente al que estás acostumbrada. No saber a dónde o a qué vuelves cuando vuelves es la parte negativa. El campamento base tiende a reducirse cada vez más y más, hasta que al final sólo quedan tus padres, los únicos que siempre te esperan. No obstante, entiendo que algún día pararemos (¿quién sabe dónde?). Y echaremos raíces, pero serán ya las nuestras; no las del sitio donde nacimos, sino las propias. Poco profundas quizá, pero vividas. Lo bailao' no nos lo quita nadie.

Pero de momento parece que toca seguir corriendo (¿qué haces si nunca te enseñaron a andar?). Huir, pero siempre hacia adelante, como la Alicia sin ciudad. La polonización sigue su curso. Vetusta pone la letra, el contenido llegará en prontas ediciones. De nuevo el valor para marcharse, el miedo a llegar. Porque dejarse llevar sigue sonando demasiado bien.

domingo, 7 de marzo de 2010

Continuará...


Porque "el amor se vive, no se escribe".

jueves, 28 de mayo de 2009

Miss Nature

Llueve. Y el sentido de la lluvia también ha cambiado después de ocho meses. Llueve. Y no me molesta. Porque no es nieve y no hiela hasta los huesos. Sólo moja. Moja y riega las fresas. ¡Hoy no uso el paragüas!

Miss Nature, ése es el irónico galardón que me he ganado entre mis amigos polacos. Y todo porque no tengo ni idea de cómo montar una tienda de campaña, hacer una hoguera o prender unas lámparas de naftalina. Ya ven, cosas que la ciudad no te enseña.

Pero a todo se aprende. A desayunar con mantequilla, a beber té antes de ir a la cama, a plantar flores, a hacer cestas de papel... Y es que, al final, todos nos mimetizamos. Ahora me parece más duro vivir en un Madrid sin bosques, ni lagos, ni panales de abeja, que cocinar una salchicha clavada en un palo, previamente seleccionado y cortado por una servidora, en una hoguera a orillas del río (mientras me comen los mosquitos).

Y es que aquí, a veces, las cosas son bien diferentes. Sirvan de ejemplo los siguientes regalos de cumpleaños recibidos por una amiga nativa: un ramo de cebolletas, un árbol de jazmín, un mandala pintado con semillas, miel recién extraída del panal y, cómo no, vino y vodka que para algo Polonia es conocida por lo que es conocida.

El caso es que, perdida la cuenta del tiempo en que he habitado en esta parte del Planeta, ocurrió de repente que empecé a echar raíces. A hacerme un hueco y encontrar mi sitio. Y el polaco empezó a fluir de mi boca casi sin darme cuenta (aunque aún con muchas limitaciones). Por eso la polonización dejó de ser, porque he dejado de verlo todo desde el otro lado del cristal. Ahora estoy dentro de ese paisaje verde que adorna el calendario que cuelga en mi cocina.

Y los giralunas han empezado a florecer. Quieren seguirme el ritmo :)

jueves, 16 de abril de 2009

Winter Survivor

Hubo un tiempo en que, tan rodeada de frío y oscuridad poco ociosa como estaba, dejé de imaginar cómo sería la primavera en Polonia. Simplemente dejé que cayera la nieve y pasaran los días. Por entonces recibí mi primera visita venida desde España, siendo un placer inyectar en vena ajena las bondades del este, la belleza potencial que esconden los rincones más dejados. El mal tiempo (viento, aguanieve, un paraguas que se rompe, el mapa mojado y nosotros que no encontramos esa maldita escalera mecánica) nos obligó a refugiarnos en la cultura underground de Varsovia. Pero no hay mal que por bien no venga, mi cerebro necesitaba explicarse a sí mismo en voz alta y en lengua materna. Cuando el pasado volvió a su lugar, dejando tras de sí aprendizajes dolorosos y una hermosa sensación de intimidad inmune al paso de los días, llegaron unas semanas sin bálsamo ni veneno, unas decimillas de fiebre y la sensación de que las páginas del calendario duraban demasiado tiempo.

El 21 de marzo los niños más pequeños de Abecadło me disfrazaron de Pani Wiosna (Doña Primavera) mientras tras los cristales caía una lluvia incesante a la que siguieron días y días de cielo plomizo. Parecía que nunca iba a llegar la estación de los mil colores. Fue entonces cuando llegó el sol, trayendo consigo todo lo que le faltó a este país durante el invierno. Todo de golpe. Las terrazas salen a la calle, colgamos los abrigos, nos sentamos en la plaza a comer helado y dejamos que el calor derrita y fulmine todo lo que pesa, todo lo que sobra. Y es entonces cuando no logro entender cómo sobreviví a cinco meses de duro invierno con los termómetros bajo cero. Winter survivor. Lo logramos.

Inmersa ya en el verde que surge del árbol muerto, a ritmo de contrabajo, llegó la segunda visita. A mi familia le acompañó un aire cálido y mucho sol, tanto que casi quisimos darnos un baño en el Báltico, quizás posados sobre un cisne. Cargar tanto abrigo al cruzar Europa de punta a punta se transformó en un simple absurdo, simpático absurdo. Y estar juntos volvió a ser una vuelta a nuestro estado natural (con ustedes me pasa como con el sol, cuando vuele no entiendo cómo he podido sobrevivir sin él).

De forma perpendicular a nuestra ruta por estos lares que son ahora el escenario de mi vida cruzó la Pascua polaca, con un todos tan inmersos en el dolor de la muerte de Jesucristo que una no sabía cómo reaccionar. El domingo de Resurrección, cuando yo volvía a casa a las seis de la mañana tras despachar a mis padres y hermana (¡qué grande estás enana!), la ciudad de Olsztyn estaba ya bien despierta dirigiéndose todos a la Iglesia. A esta misa le sigue, en todo hogar polaco que se precie, un desayuno en familia donde nadie puede faltar. Sopa, carne, salchichas, huevos, setas, queso, pepinillos, tartas... Algo que yo nunca llamaría desayuno.

Como no pude observar la Navidad desde el interior de una familia polaca, me resarcí en Pascua, aceptando sin pensar cuando me propusieron pasar el domingo y lunes de Semana Santa en una aldea a 20 kilómetros de Bielorusia. Hacia allí nos encaminamos un grupo de doce personas el domingo al medido día con los coches a rebosar de comida y ganas de pasarlo bien. El objetivo del viaje era recuperar una antigua tradición desaparecida en los años sesenta que consiste en que un grupo de hombres recorra el pueblo cantando “Alleluja” de casa en casa y pidiendo vodka y salchichas a las muchachas casaderas (y es que en este país nada se hace en vano y siempre es momento para mostrar hospitalidad).

Como era asunto de hombres, nada más llegar al pueblo me separaron de mi anfitrión y me metieron en una casa (creo que la más rica de entre todas aquellas chozas de madera) donde las estatuas de la Virgen y los cuadros que retratan la vida de Jesús eran el tema central de decoración. A pesar del escenario y de que no entendía nada de lo que se decía a mi alrededor, disfruté con gusto aquella mesa con la comida siempre lista para que te sirvas y comas, a más mejor (se trata de resarcirse de la cuaresma).

Tras un paseo por los alrededores y el reencuentro con los chicos del grupo siguieron incontables chupitos de vodka brindando por esto y aquello acompañados de mordiscos de salchicha casera. Sobre la mesa la siguiente discusión: en su peregrinaje los hombres han recibido un dinero que nadie quiere quedarse. Se decide utilizarlo para reparar la cruz que reposa a la entrada de la aldea (la zona está llena de estas “señales de vida” a ambos lado de la carretera, algunas datadas dos siglos atrás). Alcanzado el consenso con el asunto de la cruz, ya podemos retirarnos al lugar que amablemente nos han cedido para pasar la noche: un teatro vacío con tarima de madera y algunas mesas. Así montamos nuestra propia fiesta, y vuelta a comer y a brindar porque la dicha es buena y la vida merece la pena. Acordeón, violín, armónica, tambor, todos cantan y bailan este folclore polaco que tan contento suena. El suelo retumba, ¡aquí no hay quien duerma!

Lunes por la mañana, los huesos molidos de dormir sobre el suelo apenas cuatro horas, qué mejor para despertar que una jarra de agua fría. Es tradición tirarse agua este lunes también festivo y este grupo que tanto aprecia las raíces perdidas de su país no se quiere quedar atrás. Desayuno abundante, el acordeón no para, carretera y manta, nos volvemos al pueblo donde nos han organizado un almuerzo para agradecer nuestra visita. El día es caluroso y la fiesta se celebra al aire libre. Salchichas clavadas en palos listas para asar en la hoguera, los músicos se animan, los más mayores bailan, todo el mundo nos agradece la visita y el esfuerzo. Un borrachín se engancha con mis ojos (los únicos marrones en kilómetros a la redonda) sin parar de llamarme Ania. Sufre mal de amores, grita que el amor no existe, sus vecinos le disculpan y le cuidan (al modo polaco: le sientan y le sirven más vodka hasta que se cae de la silla).

En general, el viaje fue toda una inmersión en la realidad del este de Polonia y una agradable estancia en un grupo lleno de amor y música del que costó despedirse llegado el martes. Vuelta a Olsztyn, la civilización se aparece más fea que dos días a atrás, pero el sol no para de brillar y no hay lugar para la melancolía. Empiezo a pensar que el invierno mereció la pena siendo esto lo que había al otro lado del Ying.