
Porque "el amor se vive, no se escribe".
Es cierto que el sol provoca más cuando llega tras unas semanas de oscuridades plomizas. Provoca incluso que te levantes temprano en domingo. Esta mañana he añadido las gafas de sol al pack de tres en un gesto acaso de excesivo optimismo. Pero, correcto, hoy el sol quema la piel. Si tuviera protector solar me habría puesto.
Son los días en que febrero muere y el bosque se transforma en escenario de la lucha entre el invierno, que resiste, y la primavera, que ya está ansiosa. Contra todo pronóstico el viernes noche volvió a nevar. Así es como hoy mis pisadas suenan a charco y el sonido predominante, cuando se escapa un poco de la civilización, es un gotear incesante de hielo que cede y se derrite.
Hielo que cede. Aún es pronto para ver los primeros verdes nacer, pero esta estación en medio de dos ofrece también imágenes insólitas. ¿Sabían que se puede pescar en los lagos congelados? Yo no me he atrevido si quiera a dar un par de pasos, a pesar de que los cisnes señalizan los tramos seguros. No, yo no me arriesgo a caer en aguas a incontables grados bajo cero. Eso se lo dejo a los locales, ya que yo, al fin y al cabo, sólo estoy de paso.
¡Shhh! ¡Escucha! Ruido de nieve fresca, como si alguien andara sobre montones y montones de azúcar. Después, ruido de hielo que cruje y se rompe. Es un niño en trineo y una madre que tira del confortable asiento con una inquebrantable dulzura. ¡Qué fácil es todo cuando sólo hay que dejarse llevar!
¡Shhh! ¡Escucha! Ruido de cornetas que entonan un do agudo al unísono. Es el tren de Varsovia arribando a la estación que linda con el lago. ¡Qué duro es a veces apearse y dejar ir el rún-rún que te conduce!
He perdido la sensibilidad en las orejas, pero me da igual, este domingo entre estaciones me tiendo al sol, me desato la bufanda, cierro los ojos. Me quedo un rato a escuchar cómo cede el invierno. Como pasan los niños, los trenes, el tiempo.
Dos horas después de escribir estas líneas abandono mi solarium de nieve porque no aguanto más las ganas de ir al baño. Me he quemado. Lo advierto cuando, al cruzar la esquina, Marlies me grita, desde la ventana de la cocina: "You’re red, like a german tourist in Canary Islands!"
Paso la tarde en el sofá leyendo las canalladas sentimentales de Baylys, bebiendo té con miel y comiendo galletas que saben a plátano. Es entonces, a las seis y media de la tarde, cuando advierto que en noches como la de hoy puedo ver las estrellas desde mi cama.
Al principio de esta aventura, alguien que me conoce mucho se preocupó por la excesiva frecuencia con la que escribía en este blog. No le pareció buena señal que tuviera tanto tiempo libre. Efectivamente, cuando en Polonia aún no nevaba y se podía salir de casa sin el tri-pack “guantes, bufanda, gorro”, mi vida aquí era de todo menos ajetreada (aunque he de decir que también disfruté de aquellos meses de tranquilidad, reposando las ideas que no tenían sitio en el Madrid inquieto).
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Un día como hoy, cuatro meses y algunos días después, no puedo decir lo mismo. Me resulta difícil encontrar tiempo para llevar a cabo todos los proyectos que tengo en mente y la poca energía que queda después del trabajo la gastamos en socializarnos (y no es moco de pavo, cuando hablamos de relacionarnos con esa masa informe que habla tan raro…) Porque sí, en esta ciudad al este del este no hay sitio para la rutina, ni siquiera cuatro meses y algunos días después: la barrera del idioma aliña cada instante. Y a veces se pasan con el vinagre… Yo, por mi parte, creo haber tirado la toalla. Este idioma no es viable. ¡Ni siquiera los nativos lo hablan correctamente! Así es que le doy credibilidad cero a la esperanza de poder mantener una conversación normal antes del verano y me acomodo en la postura de “la foránea que no entiende”
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Aún así sigo estudiando polaco, aunque sólo sea por avanzar en la comunicación verbal con los chiquillos que pueblan mis tardes en la biblioteca. (niños, esa especie tan envidiable, tan cargada de energía y misterios, de sorpresas… creo que será la primera cosa que añore cuando el año llegue a su fin). Y es que si algo tienen en común estos niños es que no les cabe en la cabeza que no entiendas su idioma. ¡Les da igual! Te seguirán hablando sin importarles los factores externos que puedan turbar tu entendimiento, como una boca llena de galletas, un resfriado, un contacto visual indirecto, i tak dalej, i tak dalej… Así que nosotras ponemos cara de bobas sonrientes y nos dejamos guiar por sus gestos, teniendo en cuenta que hay que estar atenta a cada “Proszę pani, proszę pani”. Eso significa que quieren algo de ti (y que todavía te respetan a pesar de tu condición de alien, ya que “Pani” significa “señora”)
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En esta tesitura andamos gastando el “working time” esta última semana. Son vacaciones de invierno en el colegio y Abecadlo está repleto de niños a todas horas. Y ¿quién mejor para entretenerles que las voluntarias con sus costumbres raras? Así es que, de las fechas señaladas que condecoran el mes de febrero hemos desechado San Valentín y nos hemos animado con los Carnavales (lo cual ha resultado al tiempo la excusa perfecta para eliminar de una vez cualquier rastro de Navidad, que ¡hay que ver como le cuesta a esta gente deshacerse de las lucecitas, estrellas y arbolitos de diciembre!). La biblioteca se adorna cada día con más y más cadenetas de colores. Todo tiene que estar listo para la fiesta de disfraces del jueves que viene; para la que, por cierto, tengo que fabricarme un disfraz de mariquita y cocinar torrijas (si en algo está cambiándome esta experiencia –a parte de abligarme a amar la col y el pepino- es en mis habilidades como ama de casa).
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Y entre tanto “recorta y colorea”, no sé cómo, hemos sacado también tiempo para empezar con la elaboración de un periódico multilingüe: “Pięć księżyców” tiene ya cinco redactores, una fotógrafa y un diseño aún en el aire. En marzo parimos, si todo cuadra y mis dotes de mandataria se revelan efectivas. El siguiente post, para las buenas nuevas. Saludos desde el país que me ha enseñado a distinguir cinco tipos de nieve.
Jamón, café de verdad, tardes de polvorón y mandarina sin quitarme las zapatillas, noches de cenas y reencuentros, arreglar el mundo en torno a una Dorada y sentir una vez más como, al final, sólo permanecen los que de verdad merecen la pena. Así que gracias, Letópila, porque si tú estás yo me siento en casa y todo es como siempre. Y gracias también al torbellino familiar que se despide de mí tocando trompetas desde los balcones de la ciudad. Porque, aunque no se note, llega un momento en que los peques crecemos y empezamos a apreciar cuán afortunados somos por tener una familia que se coma tu roscón de reyes por muy duro que haya salido (aviso que ya encontré el problema, el próximo año vuelvo al ataque, y así hasta que el roscón salga bueno).
Con tan agradable estancia a las faldas del volcán reconozco que cuando llegó el momento de volver estuve a punto de claudicar. Pero no, porque “vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar”. Así fue como, contra todo pronóstico, aterricé de nuevo en Varsovia, sin retrasos y con mi maleta. Desde el avión ya se veían las montañas de nieve, los árboles inertes, las casas cubiertas, los lagos helados… Y sí, en tierra el termómetro rozaba los siete grados bajo cero, la nieve estaba sucia y mi maleta parecía pesar 20 kilos más que en Canarias. Pero pasamos el rato, yo dejándome guiar a lugares donde beber algo caliente y la sonrisa inquieta que tenía por acompañante traduciéndome toda la información útil que encontrábamos al paso (porque por puesto, mi escaso dominio del polaco estaba, de nuevo, missing). Y, cuál fue mi sorpresa al notar que, pasado el solsticio de invierno, no se hace de noche hasta las cuatro de la tarde. “Ya estamos más cerca del sol”, me dije…
Y hoy, domingo once de enero (ese mes que llega tan eclipsado por festejos que nadie lo nota), he descubierto el restaurante perfecto para comer pierogi z miesem cuando afuera hace frío. Y me basta para justificar mi gélida estancia en este país lejano donde el sarcasmo se ha despedido de mí.
Así pasa la vida en Polonia, igual que pasaba antes de que nos comiéramos las uvas, sin propósitos, con proyectos. Al ritmo de melodías celtas con sabor a menta. Y a veces parece no haber sitio en esta habitación para todos los fantasmas que me habitan. Un saludo a todos ellos, especialmente a los que están lejos, lejos. A los que recorren el mundo acompañados por la humanidad, a los que fotografían el rostro de la pobreza, a los que luchan en la selva, a los que luchan con ellos mismos sin necesidad de moverse de la biblioteca. Y a los que salieron hoy a la calle para frenar a golpe de paz el genocidio en Gaza.