jueves, 10 de marzo de 2011

Cambio de aires

El final del invierno siempre es un poco deprimente. La nieve ya no es blanca sino marrón y cuando la pisamos ya no pisamos azúcar, sino charcos y peligrosas losas de hielo. (O debería decir "pisan", porque yo lo que es pisar sólo piso últimamente el suelo de mi casita, a cuatro plantas sobre el nivel del suelo...) Como decía, la nieve se va, aunque con una lentitud que da asco y dejando a la vista toda la suciedad que hemos ignorado durante los últimos cuatro meses. Quedan también al descubierto los matorrales resecos, la hierba quemada. Pero todos sabemos que es pasajero, y que es el precio que hay que pagar si se quiere que algún día llegue la primavera. ¡Ay, primavera!

Marzo es el mes de la huida. Todos los polacos que pueden marchan de vacaciones a latitudes más cálidas: Cuba, Fuerteventura, Egipto... Algunos, como yo, se quedan a despedir el invierno y a dejarse sorprender por el momento en el que el frío se despide y el aire cambia. Y quizá me precipite, puede que todavía nieve, no sería raro que la estación blanca se extendiera incluso un mes más. Pero el caso es que yo hoy he notado cómo cambiaba el aire. Porque hoy sopla el viento, pero a 7º C. Y a esta temperatura el aire no hace daño, ni corta ni pica ni araña. Estiro el cuello y dejo que me pegue en toda la cara. ¡Qué gusto, estos 7º C! ¡Yo ya me comería un helado!

sábado, 19 de febrero de 2011

Razones de peso y la pérdida de lo superfluo

En mi tierra (la que está en el mar y tiene siete puertas) la expresión "hace buen tiempo" siempre implicó una temperatura en torno a los 25º C y sol, mucho sol. Es decir, en Canarias, cuando hace buen tiempo, la gente va a la playa.

Hoy en Olsztyn hace buen tiempo. Hay una temperatura de 5º C bajo cero, la nieve está fresca, recién caída, todavía blanca y brillante, sin apelmazamientos; y, sin que sirva de precedente, hace sol, mucho sol. Es un buen día para salir a la calle, tomar un café en el centro, recorrer la milla de hojalata y hacer algunas compras absurdas, hasta incluso un ramo de tulipanes amarillos, por qué no. Sin embargo una razón de peso (nunca mejor dicho) me retiene hoy en casa: una escayola abraza de punta a punta mi pierna izquierda.

Cuando pasan estas cosas (cosas menos buenas a las que uno está acostumbrado si ha tenido una vida feliz como la mía), todo cambia de color. No es que la vida sea de repente gris, ni mucho menos. Pero cambia la forma en que vemos las cosas, o vemos cosas que antes nos veíamos (como el hecho de vivir en un cuarto piso sin ascensor o tener un plato de ducha a 40 cm. del suelo). También y sobre todo aprendemos a apreciar las cosas pequeñas. El primer día que conseguí cambiarme de ropa sin ayuda de nadie sentí algo parecido a lo que los atletas de élite deben de sentir cuando ganan una medalla de oro.

Al apreciar lo pequeño perdemos también de vista lo superfluo. Y supongo que es un ejercicio saludable.

También el círculo de personas que te rodean tiende a estrecharse en estos momentos menos buenos. Ya se sabe... Aunque intento centrarme más en las sorpresas que en las decepciones. Y qué bien por los cuatro gatos que permanecen aún a mi lado, a pesar de. El amor incondicional es una especie rara, pero yo tengo la suerte de tener todavía a alguien que me trae los tulipanes amarillos a casa.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Cuando la vida te sonríe

Hoy hemos tenido la segunda nevada del otoño. No se prevén más copos en los próximos días, pero seguro que los menos cinco grados de temperatura que tenemos ahora se encargan de mantener el efecto azúcar glas. 

Hoy hemos tenido también el primer día de sol de las últimas tres semanas. ¡Tres semanas! Y han pasado casi sin que me diera cuenta. Aunque al brillar Lorenzo la sonrisa se me ha pintado en la cara. Todo es más bonito. Y eso me gusta...

Así es como la ciudad se nos transforma de nuevo en estos días. Paisajes renovados. Calles en las que perderse, viejos edificios de ladrillo, ropa tendida. Y el descubrimiento del día: un callejón desvencijado con más de diez tiendas de ropa de segunda mano. Me he tomado la licencia de bautizar el lugar como "La milla de hojalata". Y atrás queda Serrano, by the river of Babylon!

Como siempre tenía muchas más cosas que contar, pero se me han caducado. Tuve un cumpleaños feliz, felicísimo. A orillas del Báltico, con lluvia y sin cisnes esta vez. Probé la mejor sopa de pescado ever, frente a la bahía de Sopot. Y saqué algunas fotos con mi "nueva" cámara Praktika Made in German Democratic Republic. Inventamos un país llamado Enjoyland que sabe a cocina internacional y hasta un pirata me cantó aquello de Sto Lat.



Unos días más tarde seguía la aventura, esta vez refugiados en un pequeñísimo caserío del Biebrzański Park Narodowy. Pateada de siete horas llena de sorpresas: ciervos, alces, panales de abeja hechos de árboles, dunas y barrizales. Terminamos comiendo bien y arreglando el mundo a pie de chimenea.

Sólo puedo añadir que Polonia ha resultado ser (una vez más) un buenísimo escondite del mundo. Y el gigante, mi mejor acompañante... No se puede pedir más. La vida me sonríe y yo le sonrío a ella. 

viernes, 5 de noviembre de 2010

Distancias del siglo XXI

Llueve. Llueve a cántaros. Hoy es viernes y no trabajo. Tenía algunos papeles que resolver, pero el mal tiempo se me ha aparecido como la excusa perfecta para posponer mi envite con la burocracia polaca. Así que me quedo en casa, observando desde mi ventana cómo la calle se llena de charcos y pensando que mi paraguas de lunares no habría soportado tanto azote del viento.

Es temprano y mi agenda está en blanco, así que preparo un té verde y repaso las cuentas de correo. Me llegan noticias del otro lado del continente y por momentos el corazón se me vuelve de blandiblú. Por todos los que quedaron lejos, a miles de kilómetros. Porque ser apátrida implica ser de todos lados y dejarte el alma en cada esquina. Y con los años el mapa se ha ido complicando, llenándose de puntitos de colores que sigo desde la red y que a veces se vuelven invisibles a mi radar. Cada vez son más y en más lugares. Tenerife, Las Palmas, Madrid, Oviedo, Valencia, Badajoz, Pontevedra, Málaga, Milán, Lille, Ottnang, Chemnitz, Lasko... Es difícil no perderles la pista...

Supongo que todos, cada uno a nuestra manera, hacemos un esfuerzo por no perder el contacto, mantener el hilo que nos une engrasándolo con mayor o menor frecuencia. Aunque a veces nos perdemos los unos a los otros, es inevitable. Que el tiempo pase y las personas cambien, que ya nada sea lo mismo cuando queremos volver atrás, que ahora ya es pasado... todo eso es inherente a la vida. Es un poco triste, pero no demasiado. Es también lo que hace de la vida un vaivén mágico, valioso por no ser eterno ni estático. El ritmo, lo fugaz, las cenizas en la hoguera, lo que estaba y se fue, lo que soñamos y nunca fue, los que se fueron, los que se quedaron y se perdieron, los reencuentros. El humo. Los recuerdos.

No es consciente mi memoria de lo agradecida que le estoy, por permanecer conmigo y trasladarme, en viernes de lluvia como hoy, a los ayeres que nos hicieron reír. A los platos llenos de ositos de chocolate, las terrazas donde cantamos, las miradas furtivas y todos los primeros besos. Las noches difuminadas, los tropiezos, los Mordor y el humo verde. Las palabras naranjas, los leotardos rosas, las trastadas con los patines y el palo de la escoba. Porque qué es del instante si no puede dilatarse después en la melancolía de alguien, repetirse hasta la saciedad, transformarse hasta reconvertirse. Y que sería de mí sin todos esos puntitos que, desde la lejanía, pueblan mis recuerdos y aún mis sueños. Sueños de un mañana en que volvamos a vernos y atrapemos el instante, creando, sin saberlo, nuevos recuerdos. Y así, una vez y otra. Hasta que la memoria se nos agote con el tiempo.

viernes, 22 de octubre de 2010

Oda a mi balcón

Creo que fue en aquél extraño viaje a Barcelona, no sé si antes o después del Pastís, cuando pensé (o dije) por primera vez aquello de "Cuando sea mayor quiero vivir en un piso con balcón". Pues bien, ahora vivo en un piso con balcón (y prefiero no pensar si eso significa que me he hecho mayor). Ni el balcón ni el piso ni yo estamos en la Barcelona romántica a ritmo de bicicleta que me imaginé en aquél viaje, pero ¿y qué cosa es tal y cómo la imaginamos entonces?.

De cualquier manera, mi balcón de ahora tiene unas vistas que no cambio por nada. En frente hay un edificio de antes de la guerra que perteneció a los trabajadores de ferrocarriles (y cuya fachada ha cambiado poco en sesenta años). Pues bien, yo, desde mi balcón, a modo de mirador, tengo un acceso exclusivo a (casi) todo lo que pasa dentro de los pisos. Una hija cortándole el pelo a su padre mientras la tele permanece encendida; la de enfrente que se asoma a la ventana del baño a fumar un cigarrillo a escondidas (y medio desnuda); o la adolescente loca por el baile que arrastra muebles, enciende el equipo y empieza a dar brincos de un lado a otro soltándose el pelo. Y, como estos, decenas de pictogramas que reflejan la rutina diaria, las cosas pequeñas que no se cuentan en los libros o las películas. Como aquella escena de American Beauty con la bolsa de plástico flotando en el aire... Instantes tan insignificantes como irrepetibles.

A la derecha está la tienda del barrio, "Pavlo", centro neurálgico de la vida del vecindario. Alrededor de ella se reúnen los borrachines, borrachos, alcohólicos y demás subgrupos. Para algunos la tienda es una parada más en el camino mientras andan las calles buscando chatarra (mayormente latas de cerveza que revenden al mejor postor). Para otros es el punto de encuentro después del trabajo: beben en la puerta de la tienda hasta que empiezan a tambalearse, y vuelta a casa al anochecer (o cuando sus respectivas esposas bajan a buscarlos gritando insultos que yo prefiero no entender).

A la altura del horizonte las vistas son más armoniosas, más de cuento, menos a pie de calle: árboles y chimeneas. Y pensaría uno que una vista de árboles y chimeneas es poco activa, más bien un paisaje muerto, tan aburrido como un bodegón. Pero no, los árboles y chimeneas que se ven desde mi balcón tienen vida, una vida que no ha parado quieta al menos en el mes y pico que llevo aquí instalada. Los árboles han sufrido incontables metamorfosis en las últimas semanas. Sus hojas han pasado del verde intenso al amarillo, luego al naranja, luego al ocre, y luego al suelo. Ahora están todas ahí tiradas a modo alfombra pisoteada y mojada, haciéndose una pasta viscosa y resbaladiza. Y los árboles se han quedado secos. Secos y solos. Respecto a las chimeneas, también han empezado a tener vida. Cuando no es porque algún trabajador del ayuntamiento viene a cambiarlas (subiéndose a una grúa que chirría, sin arnés y sin casco), es porque se encienden o se apagan, y empiezan o paran de escupir humo al horizonte. A veces el humo es más negro y huele raro... El gigante me ha contado que algunos queman basura en las chimeneas...

Pero, sin lugar a dudas, lo mejor de lo mejor de todo lo que veo desde mi balcón son los jabalís. Sí, sí, jabalís. La primera vez que los vi pensé que era una broma, que el mundo o yo nos habíamos vuelto locos. Porque no vivimos en medio del bosque, es un barrio con casas y calles, como otro cualquiera, cerca del centro y a unos 15 minutos del bosque más cercano. Pero resulta que un paseo de 15 minutos es plato de buen gusto para los jabalís polacos, y de vez en cuando se dan el salto en busca de comida, removiendo todos los jardines que encuentran a su paso y dejando tras de sí bolas de tierra revuelta y césped pisoteado.

Ahora es de noche y hay luna llena. Hace demasiado frío para los jabalís excursionistas y la tienda acaba de cerrar. Los de enfrente han corrido las cortinas. Sólo quedan luces de colores.

¡Creo que me ha tocado el mejor balcón del mundo!

jueves, 21 de octubre de 2010

Invierno prematuro

Es 21 de Octubre y está nevando en Olsztyn.

Pensaba dedicar este post a la lluvia de hojas secas de los últimos días, la alfombra de naranjas y marrones que cruje bajo mis pies, pero es inevitable, a veces la realidad te estropea el titular.

El invierno ha llegado a Polonia. El termómetro ronda ya los cero
grados, la lana va sustituyendo poco a poco al algodón en mi armario, y ha empezado a darme miedo salir a la calle (de nuevo).

Viento, todo se tambalea. Aguanieve, humedad, charcos. Las flores se despiden hasta mayo en esta semana de decadencia de lo vivo y lo verde. Desaparece el color, el cielo se tiñe de gris y sólo las bolas de muérdago permanecen en los árboles. Es tiempo de té y piernik, la versión polaca de "mandarinas y polvorones".

Pero, aunque pueda parecerlo, no
hay hueco para la melancolía entre estas líneas. Vale, está claro que el invierno me ha declarado la guerra, pero yo, con mi manual de pacifista en la mano, le respondo riendo a carcajadas

¡Ay de nosotros si dejamos que este tupido cielo se nos caiga encima!


martes, 5 de octubre de 2010

Naturalizándome

Supongo que debería cambiar la forma en que actualizo este blog, porque de alguna manera no lo hago con la frecuencia que quisiera. Hasta ahora mi método ha sido guardar en las cajitas de mi memoria los pedacitos de esta Polonia que me van enamorando, para luego, cuando sean suficientes, escribir algo decente. Pero el caso es que cuando me decido a escribir la mayoría de estas sensaciones se me han olvidado o han perdido la vibración que algún día tuvieron. Así que quizá de aqui en adelante esto se convierta en un blog a modo chat conmigo misma, con frases cortas que condensen cada momento... Veremos. Quizá así aumente la periodicidad.

En cualquier caso, el titulo para este post, "Naturalizándome", lo tenia reservado desde hacia tiempo. ¿Por qué? Porque la naturaleza está ahora más presente en mi vida que nunca (quién lo diría, he pasado de ser un animal de ciudad -cuando no un animal Malasañero- a pasar las mañanas de viernes recogiendo setas en el bosque). Tambien me he despertado a las cuatro de la madrugada para ver el amanecer en el Parque Nacional Biebrza, y me he comprado una botas de agua para caminar por los barrizales y humedales que allí abundan.



Fotos: Kuba Bartoszewicz

Por supuesto, "Naturalizándome" es también un juego de palabras. Me naturalizo cuando me fundo con las costumbres de los que aquí me acogen, cuando dejo de observar las cosas desde el otro lado del crital, cuando me siento menos extranjera que hace un año. Aunque no puedo evitar seguir sintiendo ciertos hábitos como extraños a mi persona (ellos siguen siendo "los otros" y yo sigo siendo la que se poloniza), ahora como a las 5 de la tarde, vuelvo a beber té con una escandalosa frecuencia y me quito los zapatos cuando entro en casa.

Asi que el proceso de integración sigue su curso, pese a que todavía no entiendo por qué conectan un megáfono en los exteriores de las iglesias durante la misa de los domingos para que la voz del cura llegue a todos los que no están dentro del recinto... Es verdad que aquí la gente sigue sin saber cómo reaccionar cuando una les dice que es atea, pero propagar el "mensaje divino" a golpe de altavoz al más puro estilo evangelizador... A veces soy yo la que no sabe cómo reaccionar!

Aunque la cosa va más de encuentros que de desencuentros. Europa cada vez se parece más y Polonia no es una excepción. Pero más allá de las fronteras políticas, supongo que lo que más me acerca a esta gente es el mero hecho de que todos somos gente. Al final nos reimos con las mismas cosas, sufrimos por los mismos motivos...

Los polacos, podría decirse, son más cerrados a la hora de expresar sentimientos (aunque toda generalización es en vano, cada persona es un mundo). Pero también es verdad que las nuevas generaciones saben mucho de cómo expresarse a través de otros canales como la música, el baile o el teatro. Se respira creatividad en esta gente, algo que, al menos yo, echaba en falta en el Madrid de los anónimos (ser indie no es ser creativo). Y tienen curiosidad: por los idiomas, por redescubrir el mundo, viajar, mezclarse con otras culturas... También están muy unidos con su historia. Son patriotas, aunque no en un sentido despectivo. Supongo que simplemente se sienten orgullosos de que su país siga existiendo después de tantos golpes, y de alguna manera se sienten también responsables de conservar ciertas raíces que resistan los nuevos golpes, los de la agresiva globalización capitalista. Esto último, sin embargo, es un rasgo que se encuentra más entre los jovenes que rondan los 30 años, aquellos que nacieron bajo el estado de guerra. Los adolescentes parecen haberse olvidado de todo y abrazan los KFC, H&M y McDonald's como sus "verdaderas" nuevas raíces.

De cualquier manera yo me encuentro en mi salsa (como si fuera difícil...). A cada esquina tropiezo con un nuevo descubrimiento que compartir con vosotros, y eso tambien me gusta :)

viernes, 10 de septiembre de 2010

Polska wita gości!

Viernes. El día amanece gris, húmedo, ventoso. Los árboles que se ven desde la cama están todavía verdes, aunque esta semana de lluvias prematuras está jalonando el otoño a un ritmo trepidante. Los naranjas, marrones y amarillos luchan ya por salir a la luz.

Septiembre suele ser un mes aún cálido en este rincón del mundo, pero alguien debe haber chivado a la naturaleza que a mí me da miedo al inverno, y parece que los elementos me están poniendo a prueba. Aunque hay momentos y momentos. A ratos sale el sol, y ya sabéis que aquí cuando sale el sol la perspectiva cambia. Me dan ganas de tumbarme en la terraza como un lagarto, aunque cargando con la bufanda.

Se reinaugura la aventura polaca y todo es igual de raro que la primera vez, con la diferencia de que el polaco ya no suena a chino, sino a polaco. El caos. Modos de funcionar incomprensibles por poco prácticos. Una estación de autobús donde no se venden billetes, un autobús donde te sirven té, un cuervo hurgando en una papelera en pleno centro de Varsovia. El gris, lo pintoresco por viejo, lo viejo por abandonado... Y yo en medio de toda esta algarabía idiomática y cultural, riendo sola, preguntándome ¿qué se me ha perdido aquí?.

El caso es que disfruto con el hecho de que, por primera vez, los planes estén en el aire. Los amigos por conocer, las historias por escribir, la nieve por caer... Nadie dijo que los principios fueran fáciles, pero qué bien cuando aún queda todo por hacer :)

jueves, 3 de junio de 2010

Huida hacia adelante

Durante los últimos meses en Polonia las emociones fueron tantas y tan rápidas que se me pasó el momento para contarlas. Hoy vuelvo la vista atrás releyendo este diario público de mi exquisita odisea y al tiempo recuerdo todo lo que pasó y no conté. Pero el ejercicio de hoy no es de melancolía; intento más bien ponerme al día, recordar el yo que se forjó aquél largo invierno polaco. Porque algo me decía a mí que ni a este blog ni aquél yo le había llegado el momento de colgar el letrero de "cerrado". Porque vuelvo, o me voy, o continúo con el periplo.

Mereció la pena este año. Aunque Madrid no volvió a ser nunca Madrid, los amigos se perdieron, las calles cambiaron, los rincones de la memoria me traicionaron. Pero mereció la pena, aunque sólo sea por todos los libros que he leído en los últimos nueve meses y por los lúdicos, cómo no, y el transfuguismo que nos unió. El vino, las cenas, la sobreexcitación y la frustración. En aquellos corrillos hemos repasado lo que es ser jóven para nosotras hoy en día. Y hemos descubierto que ser jóven significa estar más preparado que la clase política de tu país y estar en el paro. Extrañas contradicciones del sistema...

Aunque yo insisto en quitarle importancia al asunto, centrarme en la sobreexcitación más que en la frustración, no perder el empuje. Ésa es quizá una de las razones que apoyan mi huída: no quiero que la atmósfera de crisis me imbuya y me destruya. Aunque es un argumento secundario, el hecho de no tener nada a lo que renunciar ayuda al "let it be" que se ha instalado en el ritmo de mis pasos. Un dejarme llevar jalonado por la situación, pero también de alguna manera decidido y reflexionado (me niego a renunciar a que el mango de la sartén esté en mis manos)

El caso es que volver atrás es a veces el más difícil de los pasos, aunque a algunos les cueste entenderlo. De alguna manera desde el momento en el que sales te conviertes ya en una apátrida irreversible, eres de todos lados y de ninguno, y ya no sabes dónde guardar tus cosas y al final te resignas a sumar unas partenencias de no más de 23 kg. Eso, como todo, tiene su lado bueno y su lado malo. Descubrir, aprender, conocer... son procesos que se intensifican cuando convives con un entorno diferente al que estás acostumbrada. No saber a dónde o a qué vuelves cuando vuelves es la parte negativa. El campamento base tiende a reducirse cada vez más y más, hasta que al final sólo quedan tus padres, los únicos que siempre te esperan. No obstante, entiendo que algún día pararemos (¿quién sabe dónde?). Y echaremos raíces, pero serán ya las nuestras; no las del sitio donde nacimos, sino las propias. Poco profundas quizá, pero vividas. Lo bailao' no nos lo quita nadie.

Pero de momento parece que toca seguir corriendo (¿qué haces si nunca te enseñaron a andar?). Huir, pero siempre hacia adelante, como la Alicia sin ciudad. La polonización sigue su curso. Vetusta pone la letra, el contenido llegará en prontas ediciones. De nuevo el valor para marcharse, el miedo a llegar. Porque dejarse llevar sigue sonando demasiado bien.

domingo, 7 de marzo de 2010

Continuará...


Porque "el amor se vive, no se escribe".

jueves, 28 de mayo de 2009

Miss Nature

Llueve. Y el sentido de la lluvia también ha cambiado después de ocho meses. Llueve. Y no me molesta. Porque no es nieve y no hiela hasta los huesos. Sólo moja. Moja y riega las fresas. ¡Hoy no uso el paragüas!

Miss Nature, ése es el irónico galardón que me he ganado entre mis amigos polacos. Y todo porque no tengo ni idea de cómo montar una tienda de campaña, hacer una hoguera o prender unas lámparas de naftalina. Ya ven, cosas que la ciudad no te enseña.

Pero a todo se aprende. A desayunar con mantequilla, a beber té antes de ir a la cama, a plantar flores, a hacer cestas de papel... Y es que, al final, todos nos mimetizamos. Ahora me parece más duro vivir en un Madrid sin bosques, ni lagos, ni panales de abeja, que cocinar una salchicha clavada en un palo, previamente seleccionado y cortado por una servidora, en una hoguera a orillas del río (mientras me comen los mosquitos).

Y es que aquí, a veces, las cosas son bien diferentes. Sirvan de ejemplo los siguientes regalos de cumpleaños recibidos por una amiga nativa: un ramo de cebolletas, un árbol de jazmín, un mandala pintado con semillas, miel recién extraída del panal y, cómo no, vino y vodka que para algo Polonia es conocida por lo que es conocida.

El caso es que, perdida la cuenta del tiempo en que he habitado en esta parte del Planeta, ocurrió de repente que empecé a echar raíces. A hacerme un hueco y encontrar mi sitio. Y el polaco empezó a fluir de mi boca casi sin darme cuenta (aunque aún con muchas limitaciones). Por eso la polonización dejó de ser, porque he dejado de verlo todo desde el otro lado del cristal. Ahora estoy dentro de ese paisaje verde que adorna el calendario que cuelga en mi cocina.

Y los giralunas han empezado a florecer. Quieren seguirme el ritmo :)

jueves, 16 de abril de 2009

Winter Survivor

Hubo un tiempo en que, tan rodeada de frío y oscuridad poco ociosa como estaba, dejé de imaginar cómo sería la primavera en Polonia. Simplemente dejé que cayera la nieve y pasaran los días. Por entonces recibí mi primera visita venida desde España, siendo un placer inyectar en vena ajena las bondades del este, la belleza potencial que esconden los rincones más dejados. El mal tiempo (viento, aguanieve, un paraguas que se rompe, el mapa mojado y nosotros que no encontramos esa maldita escalera mecánica) nos obligó a refugiarnos en la cultura underground de Varsovia. Pero no hay mal que por bien no venga, mi cerebro necesitaba explicarse a sí mismo en voz alta y en lengua materna. Cuando el pasado volvió a su lugar, dejando tras de sí aprendizajes dolorosos y una hermosa sensación de intimidad inmune al paso de los días, llegaron unas semanas sin bálsamo ni veneno, unas decimillas de fiebre y la sensación de que las páginas del calendario duraban demasiado tiempo.

El 21 de marzo los niños más pequeños de Abecadło me disfrazaron de Pani Wiosna (Doña Primavera) mientras tras los cristales caía una lluvia incesante a la que siguieron días y días de cielo plomizo. Parecía que nunca iba a llegar la estación de los mil colores. Fue entonces cuando llegó el sol, trayendo consigo todo lo que le faltó a este país durante el invierno. Todo de golpe. Las terrazas salen a la calle, colgamos los abrigos, nos sentamos en la plaza a comer helado y dejamos que el calor derrita y fulmine todo lo que pesa, todo lo que sobra. Y es entonces cuando no logro entender cómo sobreviví a cinco meses de duro invierno con los termómetros bajo cero. Winter survivor. Lo logramos.

Inmersa ya en el verde que surge del árbol muerto, a ritmo de contrabajo, llegó la segunda visita. A mi familia le acompañó un aire cálido y mucho sol, tanto que casi quisimos darnos un baño en el Báltico, quizás posados sobre un cisne. Cargar tanto abrigo al cruzar Europa de punta a punta se transformó en un simple absurdo, simpático absurdo. Y estar juntos volvió a ser una vuelta a nuestro estado natural (con ustedes me pasa como con el sol, cuando vuele no entiendo cómo he podido sobrevivir sin él).

De forma perpendicular a nuestra ruta por estos lares que son ahora el escenario de mi vida cruzó la Pascua polaca, con un todos tan inmersos en el dolor de la muerte de Jesucristo que una no sabía cómo reaccionar. El domingo de Resurrección, cuando yo volvía a casa a las seis de la mañana tras despachar a mis padres y hermana (¡qué grande estás enana!), la ciudad de Olsztyn estaba ya bien despierta dirigiéndose todos a la Iglesia. A esta misa le sigue, en todo hogar polaco que se precie, un desayuno en familia donde nadie puede faltar. Sopa, carne, salchichas, huevos, setas, queso, pepinillos, tartas... Algo que yo nunca llamaría desayuno.

Como no pude observar la Navidad desde el interior de una familia polaca, me resarcí en Pascua, aceptando sin pensar cuando me propusieron pasar el domingo y lunes de Semana Santa en una aldea a 20 kilómetros de Bielorusia. Hacia allí nos encaminamos un grupo de doce personas el domingo al medido día con los coches a rebosar de comida y ganas de pasarlo bien. El objetivo del viaje era recuperar una antigua tradición desaparecida en los años sesenta que consiste en que un grupo de hombres recorra el pueblo cantando “Alleluja” de casa en casa y pidiendo vodka y salchichas a las muchachas casaderas (y es que en este país nada se hace en vano y siempre es momento para mostrar hospitalidad).

Como era asunto de hombres, nada más llegar al pueblo me separaron de mi anfitrión y me metieron en una casa (creo que la más rica de entre todas aquellas chozas de madera) donde las estatuas de la Virgen y los cuadros que retratan la vida de Jesús eran el tema central de decoración. A pesar del escenario y de que no entendía nada de lo que se decía a mi alrededor, disfruté con gusto aquella mesa con la comida siempre lista para que te sirvas y comas, a más mejor (se trata de resarcirse de la cuaresma).

Tras un paseo por los alrededores y el reencuentro con los chicos del grupo siguieron incontables chupitos de vodka brindando por esto y aquello acompañados de mordiscos de salchicha casera. Sobre la mesa la siguiente discusión: en su peregrinaje los hombres han recibido un dinero que nadie quiere quedarse. Se decide utilizarlo para reparar la cruz que reposa a la entrada de la aldea (la zona está llena de estas “señales de vida” a ambos lado de la carretera, algunas datadas dos siglos atrás). Alcanzado el consenso con el asunto de la cruz, ya podemos retirarnos al lugar que amablemente nos han cedido para pasar la noche: un teatro vacío con tarima de madera y algunas mesas. Así montamos nuestra propia fiesta, y vuelta a comer y a brindar porque la dicha es buena y la vida merece la pena. Acordeón, violín, armónica, tambor, todos cantan y bailan este folclore polaco que tan contento suena. El suelo retumba, ¡aquí no hay quien duerma!

Lunes por la mañana, los huesos molidos de dormir sobre el suelo apenas cuatro horas, qué mejor para despertar que una jarra de agua fría. Es tradición tirarse agua este lunes también festivo y este grupo que tanto aprecia las raíces perdidas de su país no se quiere quedar atrás. Desayuno abundante, el acordeón no para, carretera y manta, nos volvemos al pueblo donde nos han organizado un almuerzo para agradecer nuestra visita. El día es caluroso y la fiesta se celebra al aire libre. Salchichas clavadas en palos listas para asar en la hoguera, los músicos se animan, los más mayores bailan, todo el mundo nos agradece la visita y el esfuerzo. Un borrachín se engancha con mis ojos (los únicos marrones en kilómetros a la redonda) sin parar de llamarme Ania. Sufre mal de amores, grita que el amor no existe, sus vecinos le disculpan y le cuidan (al modo polaco: le sientan y le sirven más vodka hasta que se cae de la silla).

En general, el viaje fue toda una inmersión en la realidad del este de Polonia y una agradable estancia en un grupo lleno de amor y música del que costó despedirse llegado el martes. Vuelta a Olsztyn, la civilización se aparece más fea que dos días a atrás, pero el sol no para de brillar y no hay lugar para la melancolía. Empiezo a pensar que el invierno mereció la pena siendo esto lo que había al otro lado del Ying.

lunes, 2 de marzo de 2009

Cuando muere febrero y el invierno cede

Es cierto que el sol provoca más cuando llega tras unas semanas de oscuridades plomizas. Provoca incluso que te levantes temprano en domingo. Esta mañana he añadido las gafas de sol al pack de tres en un gesto acaso de excesivo optimismo. Pero, correcto, hoy el sol quema la piel. Si tuviera protector solar me habría puesto.


Son los días en que febrero muere y el bosque se transforma en escenario de la lucha entre el invierno, que resiste, y la primavera, que ya está ansiosa. Contra todo pronóstico el viernes noche volvió a nevar. Así es como hoy mis pisadas suenan a charco y el sonido predominante, cuando se escapa un poco de la civilización, es un gotear incesante de hielo que cede y se derrite.


Hielo que cede. Aún es pronto para ver los primeros verdes nacer, pero esta estación en medio de dos ofrece también imágenes insólitas. ¿Sabían que se puede pescar en los lagos congelados? Yo no me he atrevido si quiera a dar un par de pasos, a pesar de que los cisnes señalizan los tramos seguros. No, yo no me arriesgo a caer en aguas a incontables grados bajo cero. Eso se lo dejo a los locales, ya que yo, al fin y al cabo, sólo estoy de paso.


¡Shhh! ¡Escucha! Ruido de nieve fresca, como si alguien andara sobre montones y montones de azúcar. Después, ruido de hielo que cruje y se rompe. Es un niño en trineo y una madre que tira del confortable asiento con una inquebrantable dulzura. ¡Qué fácil es todo cuando sólo hay que dejarse llevar!


¡Shhh! ¡Escucha! Ruido de cornetas que entonan un do agudo al unísono. Es el tren de Varsovia arribando a la estación que linda con el lago. ¡Qué duro es a veces apearse y dejar ir el rún-rún que te conduce!


He perdido la sensibilidad en las orejas, pero me da igual, este domingo entre estaciones me tiendo al sol, me desato la bufanda, cierro los ojos. Me quedo un rato a escuchar cómo cede el invierno. Como pasan los niños, los trenes, el tiempo.



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Dos horas después de escribir estas líneas abandono mi solarium de nieve porque no aguanto más las ganas de ir al baño. Me he quemado. Lo advierto cuando, al cruzar la esquina, Marlies me grita, desde la ventana de la cocina: "You’re red, like a german tourist in Canary Islands!"


Paso la tarde en el sofá leyendo las canalladas sentimentales de Baylys, bebiendo té con miel y comiendo galletas que saben a plátano. Es entonces, a las seis y media de la tarde, cuando advierto que en noches como la de hoy puedo ver las estrellas desde mi cama.

lunes, 9 de febrero de 2009

Naranja y chocolate

Hoy hago un paréntesis en la polonización para acompañar durante un rato a quien me espera en el sofá... Va por ti, porque no es tiempo de estar sola.

Los febreros, los domingos, las canciones de Sabina… La vida está llena de lugares comunes que, en función del viento que sople, nos traen el sabor de la naranja amarga o el toque dulce del chocolate. A veces, también, el néctar de aquél cítrico puede ser dulce y la planta del cacao amarga.

Blanco y negro, frío y calor, ruido y silencio. La vida está llena de lugares comunes que nos enfrentan con nosotros mismos en una lucha de opuestos llena de grises donde nadie gana. Porque la naranja y el chocolate hacen buena pareja; más si es domingo, febrero, y la rota garganta del poeta urbano canta.

Porque no hay blancos ni negros. Ambos son una ilusión óptica mediada por la luz y la recepción de nuestros globos oculares.

¿Depende todo lo que vivimos de la interpretación que más tarde o más temprano hacemos de lo ocurrido? ¿Pueden ser los recuerdos, matizados por el inevitable polvillo que produce el roce del tiempo, más reales que lo que sucedió? ¿Es todo intento de mirada al pasado un proceso de autoengaño o, por el contrario, la automática corrección y adaptación de nuestro ayer es la magia que da sentido a la vida? ¿Es la lectura melodramática de nuestro presente un capricho propio de pseudo intelectuales aburguesados o el resultado de una honesta mirada al interior de nosotros mismos, donde nunca nada es perfecto porque, al fin y al cabo, la vida está llena de grises?

Después de todo “un piso en Atocha no está tan cerca del cielo” y a veces es necesario alcanzar los sueños para caer en la cuenta de que no eran ni tan importantes ni tan perfectos ni tan sueños.

Entonces, a veces, la sentencia melodramática vacía de sentido todo lo que nos acontece. Cuando estamos demasiado ocupados en otras cosas la corriente se nos lleva y, en un pestañear, despertamos un año después al otro lado del continente. A veces pasa, que nos despersonalizamos, o que nos olvidamos de escribir la crónica a su debido tiempo, y mientras dormimos el viento sigue soplando, el mundo sigue girando. Y cuando despiertas y te ves tan rodeado de medias tintas sin bálsamo ni veneno, es cuando tus recuerdos vuelven para salvarte. Susurran, a través de imágenes maquilladas, que hubo días en los que todo te ilusionaba. Ayeres donde te enamoraste como nunca antes, terrazas desde las que cantasteis a voz en grito sin pensar en los vecinos, mañanas soleadas en las que no te importó el desorden. Sí, hubo un tiempo en que la vida era vida sólo por las personas que te rodeaban. Y, claro, hoy es distinto. Porque, aunque nos hayamos dormido, el mundo no ha parado de girar.

Pero así funciona este juego, un tira y afloja, un eterno balancearse entre el ayer y el hoy. ¿Quién te dice que en el futuro no recordaras este presente con la misma vibración? Sigamos adelante, aunque sólo sea porque los recuerdos remotos sean hermosos. Y porque la vida, se mire por donde se mire, es un milagro (pagano).

viernes, 6 de febrero de 2009

"Proszę pani, proszę pani"

Al principio de esta aventura, alguien que me conoce mucho se preocupó por la excesiva frecuencia con la que escribía en este blog. No le pareció buena señal que tuviera tanto tiempo libre. Efectivamente, cuando en Polonia aún no nevaba y se podía salir de casa sin el tri-pack “guantes, bufanda, gorro”, mi vida aquí era de todo menos ajetreada (aunque he de decir que también disfruté de aquellos meses de tranquilidad, reposando las ideas que no tenían sitio en el Madrid inquieto).

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Un día como hoy, cuatro meses y algunos días después, no puedo decir lo mismo. Me resulta difícil encontrar tiempo para llevar a cabo todos los proyectos que tengo en mente y la poca energía que queda después del trabajo la gastamos en socializarnos (y no es moco de pavo, cuando hablamos de relacionarnos con esa masa informe que habla tan raro…) Porque sí, en esta ciudad al este del este no hay sitio para la rutina, ni siquiera cuatro meses y algunos días después: la barrera del idioma aliña cada instante. Y a veces se pasan con el vinagre… Yo, por mi parte, creo haber tirado la toalla. Este idioma no es viable. ¡Ni siquiera los nativos lo hablan correctamente! Así es que le doy credibilidad cero a la esperanza de poder mantener una conversación normal antes del verano y me acomodo en la postura de “la foránea que no entiende”

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Aún así sigo estudiando polaco, aunque sólo sea por avanzar en la comunicación verbal con los chiquillos que pueblan mis tardes en la biblioteca. (niños, esa especie tan envidiable, tan cargada de energía y misterios, de sorpresas… creo que será la primera cosa que añore cuando el año llegue a su fin). Y es que si algo tienen en común estos niños es que no les cabe en la cabeza que no entiendas su idioma. ¡Les da igual! Te seguirán hablando sin importarles los factores externos que puedan turbar tu entendimiento, como una boca llena de galletas, un resfriado, un contacto visual indirecto, i tak dalej, i tak dalej… Así que nosotras ponemos cara de bobas sonrientes y nos dejamos guiar por sus gestos, teniendo en cuenta que hay que estar atenta a cada “Proszę pani, proszę pani”. Eso significa que quieren algo de ti (y que todavía te respetan a pesar de tu condición de alien, ya que “Pani” significa “señora”)

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En esta tesitura andamos gastando el “working time” esta última semana. Son vacaciones de invierno en el colegio y Abecadlo está repleto de niños a todas horas. Y ¿quién mejor para entretenerles que las voluntarias con sus costumbres raras? Así es que, de las fechas señaladas que condecoran el mes de febrero hemos desechado San Valentín y nos hemos animado con los Carnavales (lo cual ha resultado al tiempo la excusa perfecta para eliminar de una vez cualquier rastro de Navidad, que ¡hay que ver como le cuesta a esta gente deshacerse de las lucecitas, estrellas y arbolitos de diciembre!). La biblioteca se adorna cada día con más y más cadenetas de colores. Todo tiene que estar listo para la fiesta de disfraces del jueves que viene; para la que, por cierto, tengo que fabricarme un disfraz de mariquita y cocinar torrijas (si en algo está cambiándome esta experiencia –a parte de abligarme a amar la col y el pepino- es en mis habilidades como ama de casa).

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Y entre tanto “recorta y colorea”, no sé cómo, hemos sacado también tiempo para empezar con la elaboración de un periódico multilingüe: “Pięć księżyców” tiene ya cinco redactores, una fotógrafa y un diseño aún en el aire. En marzo parimos, si todo cuadra y mis dotes de mandataria se revelan efectivas. El siguiente post, para las buenas nuevas. Saludos desde el país que me ha enseñado a distinguir cinco tipos de nieve.

domingo, 11 de enero de 2009

De la selva y el paraíso

Y así llegó la Navidad, el tiempo de volver a casa cargada con bombones y regalos...

Madrid, tan frenética y olvidadiza como siempre, se mostró más que nunca como una selva donde sólo sobreviven los más rápidos, los más fuertes. Lo más malos. No fue precisamente grato conocer el paradero profesional de aquellos que se licenciaron al tiempo que yo. Entonces me dije: "¡Ay Paula tú no estás hecha para dar codazos y pisar cabezas! Y... ¿te llega la motivación para trabajar por 300 euros durante dos o tres años? Sí, tienes que encontrar otra salida” Con esta certeza volé hasta el paraíso. Quince grados centígrados en uno de los inviernos más fríos que se recuerdan en Canarias. Y ¿qué me ha dado a mí por huir de esta maravilla de lugar donde el sol siempre brilla? Who knows? Nobody knows…

Jamón, café de verdad, tardes de polvorón y mandarina sin quitarme las zapatillas, noches de cenas y reencuentros, arreglar el mundo en torno a una Dorada y sentir una vez más como, al final, sólo permanecen los que de verdad merecen la pena. Así que gracias, Letópila, porque si tú estás yo me siento en casa y todo es como siempre. Y gracias también al torbellino familiar que se despide de mí tocando trompetas desde los balcones de la ciudad. Porque, aunque no se note, llega un momento en que los peques crecemos y empezamos a apreciar cuán afortunados somos por tener una familia que se coma tu roscón de reyes por muy duro que haya salido (aviso que ya encontré el problema, el próximo año vuelvo al ataque, y así hasta que el roscón salga bueno).

Con tan agradable estancia a las faldas del volcán reconozco que cuando llegó el momento de volver estuve a punto de claudicar. Pero no, porque “vivir es más que un derecho, es el deber de no claudicar”. Así fue como, contra todo pronóstico, aterricé de nuevo en Varsovia, sin retrasos y con mi maleta. Desde el avión ya se veían las montañas de nieve, los árboles inertes, las casas cubiertas, los lagos helados… Y sí, en tierra el termómetro rozaba los siete grados bajo cero, la nieve estaba sucia y mi maleta parecía pesar 20 kilos más que en Canarias. Pero pasamos el rato, yo dejándome guiar a lugares donde beber algo caliente y la sonrisa inquieta que tenía por acompañante traduciéndome toda la información útil que encontrábamos al paso (porque por puesto, mi escaso dominio del polaco estaba, de nuevo, missing). Y, cuál fue mi sorpresa al notar que, pasado el solsticio de invierno, no se hace de noche hasta las cuatro de la tarde. “Ya estamos más cerca del sol”, me dije…

Y hoy, domingo once de enero (ese mes que llega tan eclipsado por festejos que nadie lo nota), he descubierto el restaurante perfecto para comer pierogi z miesem cuando afuera hace frío. Y me basta para justificar mi gélida estancia en este país lejano donde el sarcasmo se ha despedido de mí.

Así pasa la vida en Polonia, igual que pasaba antes de que nos comiéramos las uvas, sin propósitos, con proyectos. Al ritmo de melodías celtas con sabor a menta. Y a veces parece no haber sitio en esta habitación para todos los fantasmas que me habitan. Un saludo a todos ellos, especialmente a los que están lejos, lejos. A los que recorren el mundo acompañados por la humanidad, a los que fotografían el rostro de la pobreza, a los que luchan en la selva, a los que luchan con ellos mismos sin necesidad de moverse de la biblioteca. Y a los que salieron hoy a la calle para frenar a golpe de paz el genocidio en Gaza.

martes, 9 de diciembre de 2008

Del paso de los dias

Cuando la novedad se transforma en normalidad y los dias se llenan de actividad, a veces, se me acaban las palabras. Pero aqui estoy de nuevo, porque siempre hay jugo por exprimir en los citricos de mi existencia.
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Olsztyn esta reduciendo su tamaño, como antes lo hizo Madrid. Es la señal de que ya me siento aqui como en casa (aunque con la ciudad de los neones necesite años y aqui me ha bastado con un par de meses). Me conocen en el supermercado, los niños me saludan por la calle y ya puedo reducir esta ciudad de 170,000 habitantes a unas cuantas calles empedradas, las que recorro todos los dias viendo casi las mismas caras.
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Por fin estoy ocupada en mi trabajo y he dejado de sentir que las vacaciones se habian alargado tres meses de mas. De hecho, me urge comprar una agenda (y no la necesitaba desde que tenia 16 años). Una de mis labores en la organizacion es dar clases de español. Los lunes con un grupo reducido de niños y los martes con al menos 15 mujeres ansiosas por añadir el español a la lista de idiomas que dominan (es increible cuan interesados estan en este pais por aprender idiomas que se hablan en lugares remotos para ellos).
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Con los niños no puedo hablar ingles y el polaco aun se me resiste (ciertamente, no hay nada facil en este idioma de locos que ni los nativos saben hablar con precision), asi que pasamos una hora haciendo pantomimas y sonidos que nos ayuden a expresarnos. Aprendo mucho de ellos y su asimilación del espanol es impresionantemente veloz. A veces, cuando estoy con ellos, desearia volver a la infancia sólo por recuperar esa capacidad para absorber todo lo nuevo. El unico pero es que no contamos con muchos recursos pedagógicos, asi que me ha tocado cantar ya en un par de ocasiones. Adios sentido del ridiculo, ahora soy capaz de cantar "Un elefante se balanceaba..." delante de cinco niños polacos sin ponerme ni un poquito roja (mas de uno deberia estar orgulloso de mi).
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Con los adultos es mas facil ahora que he coincidido con una profesora amante de la lengua española que ha puesto a mi disposicion una cantidad ingente de manuales y material audiovisual. El unico inconveniente es que, primero, yo no he estudiado filologia hispanica y, segundo, tengo que explicarlo todo en ingles. Asi que ya podeis imaginar los sudores cuando me toco explicar la diferencia entre los articulos definidos e indefinidos (en polaco no tienen nada parecido, se rigen por declinaciones). Hoy hablare sobre la diferencia entre ser y estar... Ya es contare.
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A parte de las clases en la Biblioteca, voy dos veces al mes a uno de los once institutos de Olsztyn a poner un poco de acento a las clases de español de Gina. Alli trabajo con adolescentes en plena explosion de hormonas. Pero se portan bastante bien y a mi me encanta escucharles (aunque creo que todavia les doy un poco de miedo...) Y una curiosidad, en el centro existe una planta llena de pequeños cuartos donde los alumnos cuelgan sus abrigos. ¡Una planta entera solo para la ropa de abrigo! Increible...
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Ademas de las clases y el taller de manualidades de los miercoles del que ya he hablado, siempre surgen actividades paralelas. Ahora, como no podia ser de otra forma, estamos inmersas en una vorágine de presentaciones sobre la Navidad en nuestros paises. Y, ¿que puedo contar yo sobre la Navidad en España? Pues que comemos uvas en fin de ano y que a nosotros los regalos nos los traen los Reyes Magos. Como para los niños era complicado de entender eso de que en mi pais no existe Mikołajki (Papa Noel), ni corta ni perezosa decidi montar un belen viviente, disfrazar a mis companeras de rey mago y contar la historia como se merece. Y les encanta. Aunque, como siempre, les divierten mas los camellos que los reyes (hemos construidos tres dromedarios de carton gigantes con cara de haber fumado algo raro).
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Y eso es lo que se mueve por estos lares, donde hace dos semanas que no sale el sol, el frio se aguanta buenamente y la nieve aun se resiste a caer (tan solo ha habido una semana en la que toda la ciudad se pinto de blanco). El vodka empieza a ser menos misterioso para mi y el bar de de debajo de mi casa es ya una extension de nuestro piso. Aun asi, aun no me acostumbro a este habito que tienen los polacos de dormirse en los bares... Pero me hallo, estoy feliz. Eso si, que no me quiten las dos semanitas de aires calientes que me esperan en Canarias, que mi piel esta pidiendo sol a gritos. Do widzenia znajomi!

jueves, 20 de noviembre de 2008

Travelling around

El ritmo de los acontecimientos se ha acelerado tanto que es difícil incluso encontrar tiempo para relatar lo que se mueve por esta Polska helada. Pero aquí estoy de nuevo. Para que recorráis conmigo los lugares que visito.

Gdansk. Cuatro días, tres noches, una colonia de españoles perdidos en Polonia, tumulto de polacos, inglés con acentos, sangría Señorita, tortilla de papas y unas birras enfriándose en la ventana. Cuando estás lejos de casa cualquier cara amiga se convierte en tu familia, y la que hemos construido aquí está llena de color. Y cada cena, cada mesa redonda en torno a una cerveza, se convierte en un monumento a la interculturalidad informal y sin remilgos. En la ciudad encantada a orillas del Báltico nos encontramos con más voluntarios que están realizando sus proyectos en Varsovia. Nos arrejuntamos como pudimos en casa de Raquel, durmiendo en cada rincón de la casa y estableciendo turnos para la ducha. Convivencia loca que los vecinos sufrieron con gravedad.

El centro de Gdansk es un lugar para pasear y merece la pena detenerse en casi todos los edificios. Así que hicimos de nuestro viaje un ruedo turístico sin museos, desafiando el frío y la noche (que ya cae a las cuatro de la tarde) con té y zapiekankas.

También tuvimos un encuentro espectacular con los cisnes que nadan en estos mares helados y sin atunes. Recogimos en una botella un pedazo de esa playa de Sobot tan hasta arriba de turistas donde los polacos se pegaban patadas por sacarse fotos con un negro que pasaba por allí.

Y visitamos el mercado de la ciudad, una explanada llena de ropa usada y trastos varios donde absolutamente todo es susceptible de ser vendido por uno, dos o cinco zlotys. Allí compramos el ajuar para la fiesta de disfraces que nos esperaba a la noche, donde todos los que acudieron acabaron aprendiendo un puñado de palabras en español. ¡Qué raro suena nuestro idioma cuando lo pronuncian las gargantas desacostumbradas!

Y así volvimos a Olsztyn, en un tren incomodísimo pero muy barato que machacó los raíles durante dos horas y media con nosotros dentro. Aún quedo tiempo para saborear durante el viaje lo intenso y fugaz que vivimos en Gdansk y para prometer más visitas mutuas en la casa de cada cual donde siempre es un gusto compartir las colchonetas y cocinar para trece personas.

Apenas tres días después marchamos a Varsovia, donde un concierto de electro era la excusa perfecta para reencontrarnos con algunos de los voluntarios que conocimos en el curso que hicimos hace un mes en Konstancyn. Casi perdemos el autobús, perdidos como estábamos en la estación del PKS de Olsztyn, donde no hablan inglés ni en el punto de información internacional. Pero la suerte nos rozó de nuevo, como siempre pasa cuando vas a la aventura, y encontramos un autobús repleto que nos llevaba hasta el centro de la capital y que salía en… ¡30 segundos! Para dentro pues. A recorrer de nuevo un trozo de país a través de carreteras de asfalto despedazado.

A la llegada, encuentros en la estación, maletas a la consigna y dirección al bar más cercano. Después aquel extraño concierto de música-ruido donde al fin encontré la clase de “modernos” que inundan las calles de Madrid. Polacos al borde del coma etílico moviendo el esqueleto como si les fuera la vida en ello. Y de ahí, cuando el reloj cantaba las cuatro de la mañana, tren camino al bosque donde Vega, voluntaria española, vive y trabaja. Se trata de un centro de educación interna para niños sordos en medio de la nada, a una hora en tren de Varsovia, donde te ves obligado a iluminarte con una linterna durante el camino que lleva a la escuela. Los fines de semana los niños del centro vuelven a sus casas y Vega se queda sola entre los árboles, en aquel edificio tan grande y frío. Está siendo duro para ella, así que estaba contentísima de que estuviéramos allí. Y para nosotros fue genial tener la oportunidad de ocupar nuestras propias habitaciones e incluso cocinar algo a la “mañana” siguiente (entre comillas porque despertamos a las tres de la tarde y estaba atardeciendo entre la lluvia).

La noche del sábado decidimos buscar alojamiento en el centro de la ciudad, pero todos los albergues estaban repletos. Así que Karo llamó a una voluntaria ucraniana que había conocido durante un fin de semana en Cracovia y le pidió un techo para nosotros cinco. Y así es como el EVS va formando su propio couchsurfing, prestando suelos enmoquetados a los que deciden visitar ciudades sin gastar dinero en alojamiento. Yara, que así se llamaba nuestra anfitriona ucraniana, nos ofreció un salón en el que ya habitaban dos gatos enormes, y nos dio cancha libre para salir y entrar a nuestras anchas. Así que marchamos a Praga, uno de los barrios más deprimidos de Varsovia, que no fue destruido durante la II Guerra Mundial y por tanto tampoco fue reconstruido en 1945. Así que la mayoría de los edificios muestran fachadas con la pintura rascada. Es el lugar donde viven los gitanos, la gente con menos recursos, los ancianos sin familia, los drogadictos y algunos jóvenes.

Con esta estampa encontramos un concierto de Mass Kotki, un grupo de electro cómico formado por dos chicas polacas, en un bar cuanto menos pintoresco. Una especie de antigua nave o fábrica llena de sillones desvencijados y mujeres gordas vistiendo vestidos de cuero apretados y amenazando con su látigo. Fue como asistir por unas horas a La Movida madrileña pero en Polonia y en el año 2008. Seguro que Almodóvar encontraría en aquella sala de conciertos suficiente material para ganar otro Oscar.

El último día y de la mano de Marij, que también trabaja como voluntaria en un hospital sitio en un bosque a las afueras de la ciudad, recorrimos el parque donde se encuentra el monumento a Frederic Chopin. Y una librería donde puedes beber café y comer tartas caseras rodeada de niños y libros en lengua extranjera.

Y vuelta a Olsztyn. Esta vez durmiendo, porque el suelo de la ucraniana fue útil, pero bastante incómodo. Una vez aquí, empezaba nuestro primer gran trabajo como voluntarias: una semana europea en la biblioteca Planeta 11 donde debíamos mostrar nuestros respectivos países. Así que nos sumimos en jornadas laborales de diez horas recolectando fotografías e información sobre nuestros paisajes, nuestros artistas, nuestra música... Y por un día un pedacito de Polonia se convirtió en territorio español, con gente jugando a las cartas con nuestra baraja y comiendo tortilla de papas y empanada gallega.

Ahora que la tormenta ha pasado y las cosas vuelven a la normalidad me doy cuenta de que está haciendo mucho, mucho frío. Antes de ayer nevó durante un par de horas y en seguida todos los tejados estaban blancos. Ha llegado el invierno y los centros comerciales ya nos están metiendo la Navidad hasta en la sopa. Es como siempre, pero en Polonia. ¡Y me encanta!

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Going and coming

Fin de semana de locura resumible en lo que sigue:
- 27 horas entre aeropuertos y aviones
- 25 horas en casa-casa, 9 de las cuales durmiendo (en una cama de verdad) y al menos 4 comiendo
- 2 noches en un Madrid que ya no es mío pero que todavía siento como la ciudad que siempre me espera (sin dejar de funcionar)

El viernes salí de Olsztyn a las seis de la mañana. Cogí un autobus directo al aeropuerto, donde había quedado en verme con una dulce sonrisa que no encontré. El avión a Madrid tenía un retraso de dos horas y media (en un aeropuerto sin zonas para fumadores) y perdí la conexión con el vuelo a Tenerife. Así que llamé a ese alguien que siempre tiene sitio para mí (la gente que llegó para quedarse permanece incluso después de que te hayas ido) y nos dispusimos a improvisar un Halloween de paso, entre Bardemcillas, vinos y aceitunas, Aidas, vodkas, Siderales y franceses. Tan buena fue la noche que al día siguiente me quedé dormida y perdí de nuevo el avión. Y allí estaba, en la T4 de Barajas, con la ropa del día anterior, sin ducharme y teniendo que esperar ocho horas hasta el próximo vuelo. Cuando agoté mi agenda y llegué a la conclusión de que todo dios estaba durmiendo o tenía el móvil desconectado, entré en un baño cualquiera, me cambié de ropa, me lavé los dientes, cambié mis zlotys por euros y desayuné un pincho de tortilla.

A las seis de la tarde del sábado aterrizaba al fin en Los Rodeos. Con neblina y aire freso llegué a La Laguna, donde al fin pude ducharme. Entonces comencé a empaparme de familia y paz en un baibén de gratas sorpresas, comida sabrosa, sonrisas, lágrimas y amor. Apenas un día, pero dio tiempo de comer castañas, pasear junto al mar, comer puchero casero y ver llover. Llena de energía, de vuelta a Madrid, donde me esperaban ya las cañas y una curiosa conversación sobre aquello que nos pica a todos. Al amanecer, trenes y metro en plena hora punta cargada con una mochila de 16 kilos. ¡Pero qué gusto ese Madrid egoísta y veloz que te pisa los zapatos sin pedir perdón!

Vuelo con turbulencias y sin altercados. El reloj marcaba las dos de la tarde cuando yo pisaba de nuevo el suelo de Varsovia. Otra vez a cambiar mis euros por zlotys y, ahora sí, encontrar entre un ruidoso tumulto de polacos aquella dulce sonrisa. La ciudad estaba, como siempre, gris y salpicada de lluvia. Los edificios se perdían entre la neblina difuminando los finales cuando al fin encontramos un bar suficientemente oscuro donde tomar cerveza a las tres de la tarde.

A las 10 de la noche del lunes, y apenas cuatro días después de haberme marchado, estaba de nuevo en Olsztyn. Todo había cambiado a pesar de estar en el mismo sitio. Y no podía hacer otra cosa que sentirme feliz y agradecida. Por aquellos que siempre esperan mi vuelta, porque allí donde se encuentren ellos estará mi techo. Por los pequeños de la familia que crecen sin parar mientras el enrededor se transforma y replantea. Por los 25 años de cariño y calor que me sirven de colchón y ejemplo. Por las sonrisas que convierten en soleada una ciudad gris. Y porque seguir hacia delante sigue siendo la más apetitosa de las opciones.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Lluvia de colores

Lluvia chispeante que no empapa pero moja. Larga espera al borde de una calle que parece un río viendo las luces pasar, tintineantes. Al fin el semáforo pasa a verde y puedo disponerme a saltar el gran charco que hay antes de llegar al otro lado. Son las seis de la tarde y hace más de una hora que ha anochecido aquí en Olsztyn. Mis manos, llenas de color, parecen una mala reproducción de un cuadro de Van Gogh tras el taller de máscaras que hemos hecho hoy con los niños. Guardo en el regazo, para que no se mojen, tres ejemplares del periódico Junior en el que una periodista anónima ha decidido plantar nuestras caras con alguna información adicional, en polaco, of course. También llevo conmigo una calabaza fabricada con papel de seda y un táper sucio con los restos de mi comida de hoy: arroz con salchichas.

El horizonte está lleno de planes, viajes, reencuentros fugaces y palabras por decir. La lluvia no mata hoy mis ganas de seguir descubriendo cada rincón de esta ciudad, de este país, de este continente. Pensando en ello un simpático y bonachón señor interrumpe mi ensoñación para pedirme la hora (en polaco, of course), y cuán grande fue mi sorpresa cuando me descubrí entendiéndole. El problema, claro, es que aún no he aprendido a decir la hora, pero bastó con enseñar mi reloj. Así que hoy llego a casa con una sonrisa adicional en el rostro.